¿Qué
busca un Hombre en una Mujer? ¿Qué busca una
Mujer en un Hombre?
Es difícil decirlo y es difícil especificar
la respuesta. Hay diferencias en cuanto a la edad, diferencias
en las épocas y diferencias en las distintas culturas.
Si la investigación se hace desde la columna de solicitud
de compañía publicada en un periódico
o una revista, se tendrá que tomar en cuenta que
el medio informativo (“el medio es el mensaje”)
juega un papel nada despreciable. No será lo mismo
hacer esa investigación con una encuesta en la calle,
o por correo.
Mi propia experiencia no va más allá del ámbito
del consultorio, con todas las vicisitudes y limitaciones
que tal medio provoca. El universo de población,
tanto hombres como mujeres, porta una “tarjeta de
presentación” llamada “queja” que
acostumbra a ser un problema disfuncional sexual. Si se
quiere ser más explícito, alcanza solo al
ámbito genital: o falta de erección, o eyaculación
precoz, o dificultades orgásmicas en las mujeres.
Menos frecuente como “queja” inicial es la falta
de deseo o impedimento por dolor al tener relaciones sexuales.
Nadie hace una consulta porque “no consigue pareja”,
o porque “estoy sola”. Tales temáticas
suelen llevar a las personas a escribir a una columna de
un periódico, o buscar ayuda en la carta natal o
en el “I Ching”.
Hecha esa salvedad, tengo que subrayar que ambos, hombres
y mujeres, se quejan de falta de erotismo. Tengo que aclarar:
la queja principal es puntal y focalizada. Hay falta total
o parcial de orgasmo, o hay falta total o parcial de erección.
Sin embargo, con que se avance un poco en el interrogatorio
y en el conocimiento de la intimidad, podremos darnos cuenta
del desesperante vacío existente en la pareja misma
y en cada uno de sus componentes. ¿Qué busca
un hombre en una mujer?: habitualmente una “transfusión”
de ternura “envasada” en un erotismo que le
hago, poner el pene en ángulo agudo y en rigidez
durante mucho tiempo.
¿Qué busca una mujer en un hombre?: que la
toque, que la bese, que le “esculpa” el cuerpo
entero con sus dedos; en definitiva, que el cuerpo de ella,
sea como un enorme pene para él y se erecte.
Pero...¿qué ocurre en realidad? Un hombre,
a la espera de la “transfusión” antes
comentada, se la pasa observando el funcionamiento de su
órgano viril; todo lo demás suele desaparecer.
En la cama hay tres: un hombre, una mujer y... el pene.
El hombre suele elegir quedarse con el pene, dejando excluida
a la mujer, quien acaba reclamando desde la soledad, desde
el hambre de caricias insatisfecho, desde la frialdad de
la piel y del alma. Una mujer, a la espera de ser depositaria
de las ansiedades eróticas del compañero,
comprueba, dolorosamente, ser traicionada por un competidor
inesperado: el pene. El hombre finalmente ama su pene, sintiéndose
ella apenas como un instrumento y no como una finalidad
en sí misma.
Por lo tanto, según mi modo de ver predominantemente
clínico, un hombre no busca otra cosa en la mujer,
que una excusa para poder gozar de su propio pene erecto.
Y una mujer no busca otra cosa en un hombre, que le descubra
su piel fláccida y se la transforme en un pene en
plena erección.
Quizá – y solo como idea hipotética
– podamos ver allí, las diferencias... Los
hombres buscando juventudes esbeltas, estéticamente
deseables, durezas que asemejan capacidades eréctiles
a ser alcanzadas y las mujeres, buscando símbolos
de poder como el dinero, que eso si es posible de obtener
ya que brazos que contengan, dedos que acaricien, o labios
que mojen las pieles, se encuentran en franca carencia.
Como se ve, un desesperante vacío erótico
significativo, motivo de desencuentros, malos entendidos,
rencores interminables y adjudicaciones de diagnósticos
usados como armas, tales como: “impotente”,
“frígida”, etc. Hombres y mujeres post-modernos,
“hacen el amor” como un eufemismo. En realidad
comparten dos modos diferentes de una misma soledad, un
vacío que se encuentra bastante más allá
de los orificios y de las anatomías que supuestamente
los puedan llenar.
Sé que lo antedicho no explica todo, y creo que el
todo se construye con fragmentos de diferentes verdades,
no obstante, muestra un hecho fuerte: los hombres y las
mujeres pueden colocar avisos en los diarios o revistas,
pueden vestirse con ropas lujosas y oler el último
perfume francés. Pero a la “hora de la verdad”,
se terminan los símbolos de status, se terminan los
coches último modelo, y se terminan las ropas exclusivas
de cuatro cifras. Ha llegado la hora de la piel y de las
mucosas, del calor y de las humedades. Se terminan las palabras
y aparecen las interjecciones, finalizan las promesas y
emergen los instantes. Es la hora de sentir que la vida
misma está erecta.
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