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No sufrirás
Eduardo Keegan


 

 

 

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No sufrirás
Por Eduardo Keegan

Gran parte de nuestro sufrimiento proviene no tanto de la realidad
sino de la interpretación
que hacemos de esa realidad.
¿Como hacer para sufrir menos?
 

En el apogeo del racionalismo, las emociones fueron consideradas un fenómeno vinculado a la corporalidad que enturbiaba la comprensión intelectual de la realidad: la emoción, elemento irracional por antonomasia, era un elemento que, de inmiscuirse, podía llegar a destruir todo lo que lo racional hubiese construido. La posterior revuelta romántica contra la exaltación de la racionalidad se manifestó, entre otras cosas, en una revalorización de lo emocional.

En el siglo XX terminó por imponerse una nueva visión, en la que la emoción y nuestra comprensión de la realidad son considerados fenómenos interdependientes: no sólo no se puede comprender a uno sin el otro, sino que al mismo tiempo no pueden –o mejor dicho, no deberían- desarrollarse como compartimientos incomunicados. Para Jean Piaget, por ejemplo, el desarrollo emocional y moral del niño es solidario de su desarrollo intelectual.

Desde esta perspectiva, y contrariamente a lo que muchos legos creen, las emociones humanas no son innatas sino adquiridas, construidas en la relación con los otros seres humanos que conforman la familia y comunidad de esa nueva persona. Toda emoción entraña un color afectivo ligado a cierta respuesta fisiológica. Pero tanto el nombre de la emoción, como su tinte afectivo y su respuesta fisiológica varían de cultura a cultura.

Cada cultura es, entre otras cosas, un sistema de creencias compartido que permite dar un sentido a la realidad. Llamamos cognición al conjunto de fenómenos mentales a través de los cuales logramos que nuestra realidad cobre sentido, que se haga comprensible para nosotros.
Uno de las hipótesis centrales de la terapia cognitiva es que hay una interdependencia entre nuestras emociones, nuestras cogniciones y nuestra conducta. No es la situación en sí la que cuenta para la terapia cognitiva, sino la interpretación que la persona hace de ella: la realidad –como concepto abstracto y totalizante a partir de la racionalidad- resulta menos trascendente, mientras que lo que más importa es la forma en que una persona construye esa realidad, el modo en el que le da significado.

Las personas deprimidas, por ejemplo, tienen una visión negativa de sí mismos y del futuro, y es esa percepción la que los sume en un estado de ánimo recurrentemente negativo. Su desaliento los lleva a comportarse en forma derrotista. La consecuencia es clara: nadie puede ganar una competencia en la que no se anota porque descuenta que va a ser derrotado. Esta conducta derrotista consolida la visión negativa de sí mismo, lo que mantiene el estado de ánimo negativo. Pero ¿qué ocurre si la opinión que la persona tiene de su habilidad deportiva es demasiado negativa? Entonces sufrirá por la idea que tiene que de sí mismo, no por lo que es o podría llegar a ser. Para la terapia cognitiva no importa tanto el rendimiento objetivo que un deportista puede obtener como la apreciación que hace ese mismo deportista acerca de su rendimiento, pues esa percepción resultará fundamental e influirá en el rendimiento objetivo.

Los pacientes con trastorno de pánico se asustan de ciertas sensaciones corporales que son normales, porque a los ojos del paciente esas sensaciones son indicios de una muerte inminente. Esto no es así: los pacientes con pánico jamás sufren ataques cardíacos, ni se vuelven locos, ni pierden el control. Pero sufren porque están convencidos de que les espera la muerte, el descontrol o la locura. Una vez más, sufren por lo que piensan que les ocurre.
Se trata de un camino de doble vía. Si pienso que voy a enfrentar un peligro surgirá en mí la emoción de la angustia. Pero también la lógica inversa es cierta: si induzco en alguien un afecto angustioso, esto llevará a un cambio en su forma de pensar. Si induzco en alguien un estado de ánimo negativo por medio de una música deprimente, las ideas que pueblan la mente de esa persona se harán más y más negativas.

Obviamente, no todo sufrimiento humano es producto de una visión sesgada de la realidad. Existen elementos objetivos –en general, externos- y subjetivos, y el centro del problema está en aprender a diferenciar entre unos y otros. La depresión es frecuente, de hecho, porque es común que enfrentemos sucesos negativos. En este caso la emoción tiene un disparador real. Sin embargo, detrás de hechos incuestionablemente negativos también suelen agazaparse ideas distorsionadas.
Una paciente me hablaba una vez con mucho dolor acerca de su novio, que la había abandonado. Esto era un hecho incuestionablemente negativo. Pero lo que generaba el mayor sufrimiento eran ideas como no encontraré otro como él y,viviré sola el resto de mi vida. Como se advierte, era indudable que el novio la había dejado. Era un hecho externo, objetivo. Pero las otras dos ideas, en cambio, representaban predicciones negativas sin mayor fundamento. La paciente había tenido siempre facilidad para formar pareja y ni ella ni yo podíamos saber si encontraría o no a alguien nuevo con méritos similares. Su convicción en un futuro negativo, por lo tanto, era infundada y la sumía en una desesperanza patológica. Una desesperanza que iba a influir en su futuro, que podía llegar a determinarlo, constituyendo lo que comúnmente conocemos como profecía autocumplida.

Una de las estrategias típicas de la terapia cognitiva es ayudar al paciente a identificar estas ideas que acompañan fugazmente las emociones dolorosas. Las emociones funcionan como señales que advierten la presencia de estos pensamientos. Una vez identificados, terapeuta y paciente examinan y debaten las ideas. Este debate introduce flexibilidad en modos de pensar muy rígidos, consolidados por la repetición y la automatización generada por años de ver la realidad de un mismo modo.

La idea básica es bastante sencilla, pero ha representado uno de los progresos más notorios de la psicología clínica en las últimas décadas. De esta idea se derivaron una gran cantidad de intervenciones de gran potencia terapéutica. Uno de los atractivos radica en la velocidad notable con la que pueden tener lugar estos procesos.
El objetivo de la terapia no es, evidentemente, que el paciente piense en forma positiva, sino que adquiera una visión flexible de la realidad, que reconozca que toda situación puede ser interpretada de modos muy distintos. Un ejercicio simpático, que ilustra bien este punto, es pedirle al paciente que compre el mismo día dos diarios de tendencia política opuesta, para que vea cuánta diversidad puede haber en el modo de interpretar un hecho aparentemente concreto e incontrovertible.

Las emociones negativas no son el único problema: puede ser contraproducente que suceda lo opuesto. Los pacientes en estado hipomaníaco se sienten muy bien, eufóricos, muy seguros de sí mismos. Este bienestar es producto de una peligrosa subestimación de las dificultades: suelen despreciar el riesgo y manejar autos a gran velocidad. Pensar de forma infundadamente optimista nos hará sentir bien, pero puede costarnos la vida como resultado de una conducta imprudente. Las consecuencias de los desatinos que cometen estas personas normalmente son muy duras, lo que crea un contexto favorable al desencadenamiento de un episodio depresivo.

Otros pacientes, en cambio, sufren problemas más severos, producto de un inadecuado desarrollo emocional. Como dijimos antes, las emociones se aprenden en la interacción con el otro. ¿Qué pasa si el otro me transmite mensajes caóticos, que me impiden reconocer, comprender y manejar mis estados emocionales? El resultado es la desregulación emocional, un problema crónico que lleva a los pacientes a tener respuestas emocionales desmedidas, extemporáneas. También tienen dificultades para reconocer y nombrar sus estados emocionales, fenómeno que recibe el nombre técnico de alexitimia. En su incapacidad para regular sus emociones negativas, suelen recurrir a las drogas, debido a la capacidad que éstas tienen de cambiar, rápida y drásticamente, los estados de ánimo.

El abuso sexual, el maltrato o el aplanamiento afectivo pueden impedir el adecuado aprendizaje de la regulación de la emocionalidad en un niño. El procedimiento terapéutico que se aplica aquí es distinto: se basa fundamentalmente en una tarea de reconocimiento de las emociones y en un aprendizaje sistemático de habilidades de regulación del ánimo negativo, de la angustia, de la ira. La regulación de la emoción implica aprender a pensar y a actuar de forma menos extrema.
En suma, la relación entre cognición y emoción es central en las terapias cognitivas. Su objetivo es reducir el sufrimiento asociado a modos disfuncionales de representarnos nuestra realidad, y a afrontar mejor el dolor generado por las limitaciones propias de nuestra existencia.


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