quienes somos | contacto



 

Gerardo Rozín

Verónica Lozano

Eber Ludueña

Gabriela Acher

S. Wainraich

Pancho Ibañez

 

 

 

-

Mi primera vez en el diván
Por Sebastián Wainraich

En mi primera vez, yo tenía que entregarle a la psicóloga un ticket o algo así como un vale que me daba la obra social. Entré al consultorio, busqué en mis bolsillos y no encontré ese papel. Le dije: “tenemos el primer problema” y sonreí. Ella no. Seguí buscando. Vacío. Abrí mi mochila caótica frente a ella y dijo “ese desorden muestra pocas ganas de dejar la adolescencia”. Vaya novedad. De esto se trataba el análisis. De pagar para que me dijeran lo que ya sabía, para que me contaran lo que me hacía sufrir, iba a pagar para que me echaran en cara lo que no me dejaba vivir en paz. Finalmente encontré el papel. Nos sentamos cara a cara. No quise acostarme en el diván porque me daba vergüenza. Y miedo. Miedo de que a mis espaldas la psicóloga  bostezara, hiciera dibujitos o tuviera una tentación irresistible de ahorcarme. Nos miramos. Hizo un gesto equivalente al tener el ancho de espadas en el truco. Miré un punto vacío. Preguntó “¿qué lo trae por acá?” y me agarró una taquicardia, me creí ahogado, sin respuestas, sin saber por dónde empezar. Yo quería sentirme como en una película de Woody Allen, quería tener historias de terapia para contarle a las chicas, quería coleccionar anécdotas para ser el gracioso en los cumpleaños. “¿Qué te trae por acá?”, preguntó esa desconocida cubierta por un supuesto título de psicóloga que nunca vi. Y arranqué como pude. Si ella se iba a ocultar, yo también: le dije que haber rendido un exámen me había llevado a abandonar una carrera y eso me hacía sentir mal. “¿Por qué pensás que fracasaste?”, preguntó la cretina mientras que, por dentro, seguro se estaba matando de risa de mí. “¿Por qué pensás que fracasaste?”, preguntó cinco minutos después de conocerme. Y yo le pagaba. Yo estaba ahí porque necesitaba ayuda. No para que me dijeran fracasado. “¿Por qué pensás que fracasaste?”, me preguntó y quise contestarle “¿qué?, ¿vos sos un éxito tras otro? ¿sos Liza Minelli?”. Pero no. Me guardé el rencor y me entregué a una charla que se prolongó cuarenta minutos y que volvió a la otra semana y a la otra y a la otra. Así durante unos nueve años. Después cambié. Ahora es un psicólogo el que me escucha, me pregunta y pone caras raras todas las semanas cuando yo hablo o también pongo caras. Ya no me asustan las palabras fracaso, deseo reprimido, adolescencia tardía. Ya no me asustan. Pero supongo que ese es otro tema. A mí me llamaron para que escribiera sobre mi primera vez en terapia. Y acá estoy. Tratando de cumplir lo que me piden. A la vez pienso “¿por qué me tengo que hacer cargo del deseo del Otro?” No quiero crear falsas expectativas y no quiero que crean que siempre les voy a resolver todos los problemas. Por ejemplo, si en un futuro inventan una sección en la que la gente cuente sobre la última vez en terapia, lamentablemente no van a poder contar conmigo. Todavía no viví la última sesión y por como sigue todo, después de casi trece años de terapia, la veo muy pero muy lejana.