El día comienza con un cadáver.
Fuera, el cuerpo sin vida de un motociclista. Chocó contra un taxi. El caso, aún aferrado a sus codos. Dentro del kiosco, los mellizos aprovechan para abalanzarse sobre la caramelera como si en ello se les fuera la vida. Por las cantidades de golosinas que introducen en los bolsillos de sus delantales, creo que a la hora de pagar tendré que firmar un cheque.
–Supongo que intentás alejar a tus chicos del horror –dice una voz a mis espaldas.
Giro, y veo a Omar Lavoira. El doctor Omar Lavoira. Abogado, hace tiempo el me contrató como perito para un caso de un cliente suyo. Accidente automovilístico y sus consecuencias psicológicas, recuerdo.
–¿Trabajando? –señalo hacia fuera del kiosco.
Se encoge de hombros, sonríe.
–Aún no llegan familiares –dice.
Hablamos. Es una forma de decir. Frases hechas: cómo está el consultorio, cómo está el estudio, la familia, el país; bien, bien, bien, mal. En algún momento Omar me tiende su tarjeta, dice que cambió de oficina, aunque sospecho que la actitud forma parte del ritual que se implica que cuando dos profesionales se cruzan deben intercambiar cartulinas como dos sioux lo harían con las cabelleras de intrépidos soldados del séptimo de caballería; las tarjetas personales, hoy, son trofeos. Trofeos vanos, es cierto, laureles rectangulares que acumulan gloria de acuerdo a la calidad del papel y la tipografía. La tarjeta de Omar es en papel granulado, elegante, liviano, y dice doctor. La mía es de cartulina lisa, simple, y dice licenciado. También su traje es mejor que el mío. Últimamente siento que todas las vidas son mejores que la mía. Quizás es por eso que agradezco cuando Omar Lavoira mira de reojo hacia la calle, nota que una mujer grita desesperada junto al cadáver del motociclista, suspira, y se despide con un apretón de mano y la promesa –vana– de que algún día tendríamos que ir a tomar algo.
Los mellizos se pelean por el último paquete de pastillas. Intercedo, y con voz calma les digo que pueden compartirlo. Martín asiente, Tomás no.
–Siempre lo favorecés a él –dice.
–Tomasito, estoy proponiendo que lo dividan en partes iguales. Estoy siendo equitativo, no favorezco a ninguno.
–Por eso, como Martín es el inteligente y lo va a aceptar más rápido, lo favorecés, lo hacés quedar mejor. Cómo se nota que él es hijo tuyo y yo no.
Martín suspira. Yo también. Son mellizos, idénticos, pero por algún motivo Tomás siempre sostuvo que él no es hijo mío. Intenté razonar cada vez que surgió el tema, pero el resultado fueron frases como la que dice ahora:
–Quiero que me emancipen, así nunca más me basurean.
Le hago una seña a Martín, que, resignado, le entrega al hermano el paquete de pastillas. El kiosquero me mira como si yo tuviese lepra y se la hubiera contagiado a mis hijos. Pago tan rápido como puedo. Miro el mostrador, donde había apoyado la tarjeta de Omar Lavoira, pero ya no está. La buscaría, pero afuera llegó la ambulancia, retiran el cuerpo, el abogado corre detrás de él, y es una buena oportunidad para salir con los mellizos sin que se impresionen con el cadáver y llevarlos, ahora sí, a la escuela.
–Claro, ahora me lo dan para disimular que él no es mi papá –escucho la voz de Martín a mis espaldas.
Nada que comience por un cadáver puede tener final feliz, pienso.
-Es maravilloso –dice El Ganador.
Es un imbécil, anoto.
–Es maravillosa –dice.
Es mamá, recuerdo.
El Ganador gesticula. Sus manos flotan sobre el pecho. Las separa para indicarme el tamaño de su miembro, la cuantía de la satisfacción que garantiza, y desvío la mirada. No quiero saber qué es lo que entra en mi madre, ni cuáles sus características. De reojo, alcanzo a ver que El Ganador mueve la pelvis para mostrarme cómo fue su último encuentro amatorio con la amante a la que acaba de definir como maravillosa. La misma mujer a la que yo definí, muchos años atrás, madre.
Por un instante sospecho que él sabe. Está de pie en medio del consultorio, se golpea las nalgas para mostrarme lo que le hace ella –para mostrar lo que hace ella para darle placer–, flexiona las piernas y simula cabalgar. Me gustaría desviar la vista, pero él me mira a los ojos, entusiasta.
–¡Descubrí la pasión en una mujer más grande que yo! –grita.
–Dejemos acá –susurro.
Al acompañarlo hasta la puerta barajo la posibilidad de decirle que el dejemos acá significó un para siempre. Muevo los labios, estoy a punto de decírselo, pero él me gana de mano: abre la puerta, y la paciente que le sigue espera junto a la puerta. La Infeliz, la bauticé en mis anotaciones. El Ganador dice hasta la próxima, La Infeliz buenas tardes doctor, y ella corre hasta arrojarse en el diván. Cierro la puerta tras de mí. Me aproximo al sillón con la cabeza que calcula cómo decirle a El Ganador que ya no habrá análisis para él, pero La Infeliz arrancó con su monólogo.
–La depresión no cede, doctor –le dije cien millones de veces que no se refiera a mí como doctor, que soy licenciado, pero ella parece no acusar recibo del dato; ni de eso, ni de nada que le indique en las sesiones: pareciera que cada intervención mía es sólo una interrupción a su monólogo–. Lloro, ¿entiende? Veo un perrito en una veterinaria y lloro. La telenovela, y lloro. El diario, y lloro. Llueve, y...
–No me diga nada –la interrumpo–. Llora.
Ella gira la cabeza hacia mí, y se pone a llorar.
–¿Ve doctor? Usted me entiende, es el único. Y eso me hace llorar.
Mantenerme mudo en las sesiones con La Infeliz, anoto.
No pude decirle a El Ganador que no quiero escucharlo, y La Infeliz no para de hablar, y de llorar, y sus palabras son una combinación de letras y lágrimas y mucosa. Intento pensar en otra cosa, pero recuerdo que el próximo paciente es El Ansioso.
Mientras La Infeliz continúa con su perorata, me pregunto si mi vida podría ser peor.
Abro la puerta del departamento, y respondo la pregunta de hace un rato: las cosas siempre pueden empeorar, el destino posee un ingenio muy superior al de los seres humanos, y siempre nos sorprende para mal.
Sonia está sentada en el sillón, con los párpados hinchados. Estuvo llorando. También Martín, sentado a su lado, que la toma de la mano. Un breve pantallazo al comedor, y descubro que Tomás no forma parte de la imagen. Hago un cálculo veloz: esposa que llora + hijo que llora + otro hijo ausente = algo está muy mal
No llego a preguntarme qué sucede, que suena el teléfono. Levanto el auricular. Del otro lado, Omar Lavoira. El doctor Omar Lavoira. Primero no entiendo, habla de su representado, su cliente, no recuerdo que me haya contratado para ningún peritaje. Luego, comprendo. Escucho:
–Tomás desea emanciparse.
Tomás. Mi hijo. El que sostiene que yo no soy su padre.
–Como su abogado, no puedo permitir que regrese a tu casa hasta que el juez disponga si sos el padre o no. Los análisis de adn…
Recuerdo la escena matinal. El cadáver del motociclista. La tarjeta de Lavoira que apoyé sobre el mostrador y luego desapareció. Tomás y su berrinche por el paquete de pastillas.
Mi hijo de ocho años va a hacerme juicio para comprobar que no soy su padre. Mamá se acuesta con uno de mis pacientes. Suspiro, y me siento en el sillón, en medio de Sonia y Martín. Se supone que soy el hombre de la familia, que debería servirles de contención, pero me quedo petrificado en medio de ellos que, resignados, comienzan a consolarme.
Nada que comience con un cadáver puede tener final feliz, recuerdo.
Continuará...
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