El origen del terror
De acuerdo a la mitología griega, el dios Pan aterrorizaba con un grito espeluznante a los hombres desprevenidos. Es en esta leyenda que se pueden encontrar las raíces de la palabra pánico como forma de identificar la experiencia de terror extremo.
Ahora bien, ¿a qué se llama ataque de pánico? En un sentido amplio, se trata de una respuesta tanto mental como corporal ante una situación que entraña un serio peligro, por lo menos en la evaluación de quien la afronta. Esta reacción tiene por funcionalidad preparar a la persona para afrontar ese peligro del modo más eficaz posible. Se trata de un mecanismo antiguo desde el punto de vista evolutivo –de hecho, lo compartimos con muchos animales–, que da lugar a dos respuestas básicas: la lucha o la fuga. Si nos ataca un perro pekinés podemos presentar batalla, pero si nos ataca un rinoceronte resulta más sensato correr antes que trabarse en una lucha cuerpo a cuerpo.
El cuerpo del delito
Al detectar el peligro, el cuerpo humano se adapta a la nueva situación con una serie de mecanismos:
El cerebro emite una señal que activa las glándulas suprarrenales; éstas segregan adrenalina, noradrenalina y cortisol, que al entrar en el torrente sanguíneo provocan cambios fisiológicos a una velocidad asombrosa. La velocidad de la respuesta es crítica para favorecer nuestra supervivencia.
Ya sea para luchar como para correr, se precisan músculos tensos y bien irrigados. A partir de la detección del peligro y de la estimulación consecuente, el corazón bombea a mayor velocidad, lo que da lugar a que suba la presión arterial y que se sientan palpitaciones y taquicardia. La circulación va hacia los músculos de brazos y piernas, retirándose de manos y pies –que se lastiman mucho al correr o golpear, con lo que se evita que sangren en exceso–. Estos cambios generan sensaciones de calor o frío en distintas partes del cuerpo.
La respiración se hace rápida y jadeante para aumentar la oxigenación, dando lugar a lo que llamamos hiperventilación, lo que puede dar lugar a sensaciones de ligereza en la cabeza y de estrechez bajo el esternón. A esto alude en su etimología la palabra angustia.
La atención se focaliza en el peligro, y los ojos se abren en busca de ampliar el campo visual al máximo. En algunos casos, esto puede generar visión algo borrosa.
En este tipo de situación, es usual que quien la atraviesa se despabile y pierda las ganas de comer, lo que se manifiesta con el estómago revuelto o que se cierra. Hace miles de años, los predadores atacaban a los seres humanos cuando éstos dormían, comían o cuando tenían sexo. La activación de este mecanismo suele interrumpir estas actividades para focalizar nuestra atención en la fuente de peligro. Cuando la amenaza ha concluido el mecanismo se desactiva, para generar un proceso opuesto. El sistema nervioso tiene dos partes que se encargan de ambos procesos: el sistema nervioso simpático y el parasimpático.
Cada uno de estos mecanismos se genera al identificar un peligro o, mejor dicho, cualquier tipo de situación que sea identificada como peligrosa. En otras palabras, los ataques de pánico –también llamados crisis de angustia– pueden ser fenómenos completamente normales y hasta frecuentes.
El miedo no es sonso,
pero puede ser una enfermedad
El ataque de pánico es patológico cuando se convierte en una respuesta excesiva o inadecuada. Si alguien padece un ataque de pánico porque lo amenazan con un arma de fuego, no se trata de una patología sino una de las respuestas normales posibles. Por el contrario, si alguien tiene un ataque de pánico al ver una rata o al encontrarse en una fiesta repleta de desconocidos, el panorama es muy distinto.
El ataque de pánico no es un diagnóstico en sí mismo. Para saber de qué patología se trata, primero debe entenderse qué es lo que dio lugar al temor de la persona. En el caso del pánico ante las ratas el diagnóstico es una fobia específica, mientras que si se lo tiene sólo en circunstancias sociales el diagnóstico es fobia social.
Una golondrina no hace un verano
(y un ataque no hace un trastorno)
La gente (y también muchos profesionales mediáticos) confunde el ataque de pánico con el trastorno de pánico. Éste es una patología bastante común que se da en gente joven, en especial mujeres. Consiste en haber padecido no menos de dos ataques de pánico en el curso de un mes –ataques que, al menos en apariencia, surgieron “de la nada”– y, a partir de estas experiencias, padecer un temor constante de sufrir nuevos episodios. Quienes se encuentran en esta situación suelen pensar que están por sufrir un infarto, morir ahogados, que están por enloquecer o por perder el control. La experiencia es vivida con gran desagrado y un enorme temor, lo que lleva a que cambie la conducta habitual de las personas afectadas. Convencidos de que están a punto de morir, acuden desesperados a las guardias médicas. Viven temerosos, pendientes de cualquier signo que indique la proximidad de un ataque. Tras cierto tiempo en estas condiciones, muchos caen también en la depresión.
¿A qué le teme una persona que sufre trastorno de pánico? Según el modelo cognitivo, estas personas han aprendido a temer las sensaciones de ansiedad (o sea, de activación simpática). Dado que esas sensaciones son normales y habituales, no hay modo de que el paciente pueda estar tranquilo.
Un disparador interno es una sensación corporal infrecuente. La persona se siente intranquila por esta novedad física, y se pone ansiosa (la sensación le representa un peligro). Al preocuparse, la persona activa sin saberlo aún más el sistema nervioso simpático, lo que tiene por resultado un círculo vicioso de creciente ansiedad y activación simpática.
Es muy frecuente recibir en consulta a jóvenes que han sufrido su primer ataque de pánico tras haber consumido alguna sustancia activante, como el speed o la marihuana. Los jóvenes no saben a qué atribuir estas sensaciones inusuales; muchos de ellos creen, erróneamente, que la marihuana tiene siempre efectos sedativos. Como se ve, el problema no es el efecto de la sustancia en sí, sino lo que la persona piensa sobre estas sensaciones (las considera signo de que algo no está nada bien): Esto es lo que llamamos una mala interpretación catastrófica de las sensaciones de activación simpática.
En algunos casos el disparador es externo: el paciente ha escuchado que un amigo ha sufrido un infarto y, conmovido por el hecho, comienza a preocuparse por su salud cardíaca. Al ponerse ansioso, su corazón late más rápido y con más fuerza, con lo que su presión arterial sube. Al notarlo, cree que esto confirma sus peores temores, dando lugar a una reacción de miedo extremo.
Las personas más vulnerables a esto son aquellas que tienen una disposición natural a la ansiedad, algo bastante común en lo que confluyen tanto factores genéticos como de crianza.
Miedo al pánico
Al cabo de varios ataques, los pacientes creen reconocer los causales. Si estaban haciendo cinta en el gimnasio dejan esa actividad física con la convicción de que pueden morir de un ataque cardíaco. Lo mismo puede sucederles si el ataque ocurrió cuando tenían relaciones sexuales o mientras practicaban un deporte. La persona empieza a evitar las situaciones temidas.
El problema con esta conducta de evitación es que impide que el paciente cambie de parecer. Si nunca más usa la cinta, seguirá creyendo que correr en ella le ocasionará la muerte.
A veces el ataque de pánico queda asociado a situaciones típicas como subir a un ascensor, tomar un tren o un subte, circular por una autopista, túnel o puente, estar en lugares cerrados o de los que resulta difícil salir. El temor a sufrir un ataque de pánico en estas situaciones se llama agorafobia. En estos casos, los pacientes suelen evitar las situaciones temidas o incluso se hacen acompañar por alguien que pueda atenderlos en caso de sufrir un ataque de pánico.
Esta patología se caracteriza por un círculo vicioso en el que el paciente teme acercarse a estas situaciones, por lo que sólo lo hace cuando se ve forzado a ello. Al hacerlo, su temor a sufrir un ataque de pánico va en aumento. Al arribar a la situación, la ansiedad ya es tan alta que las sensaciones arrecian: se ha dado lugar a una profecía autocumplidora. El círculo del trastorno de pánico es similar al de una corrida bancaria: si los clientes de un banco se convencen de la insolvencia de dicha institución correrán a retirar sus depósitos, con lo que provocarán, de ese modo, el temido quebranto.
Opciones de tratamiento
El trastorno de pánico es una patología sumamente tratable. Los tratamientos que han demostrado mayor eficacia son los fármacos (benzodiazepinas y antidepresivos) y la terapia cognitiva-conductual. Entre los fármacos se destacan los ansiolíticos de alta potencia (las benzodiazepinas alprazolam y clonazepam), ya que controlan la sintomatología rápidamente, pero como contraindicación debe señalarse que sólo una minoría de los pacientes que recurren a los ansiolíticos obtiene un resultado duradero una vez interrumpida la medicación. Por su parte, los antidepresivos tardan algunas semanas en hacer efecto, pero a su favor debe decirse que sus resultados son un poco más duraderos. De todas formas, el tratamiento es bastante largo –alrededor de un año– y el porcentaje de pacientes que recae tras interrumpir la medicación es alto. Se cree que dichas recaídas con la medicación se deben a que el paciente desarrolla la idea de que las sensaciones han sido aplacadas por el remedio, pero que volverán a aparecer en cuanto no se las controle. Esta idea es equivocada, pero en la mayoría de los afectados da lugar a una gran ansiedad ante la interrupción de la medicación.
La terapia cognitivo-conductual es un tratamiento psicológico que tiene una sorprendente eficacia –nueve de cada diez pacientes responde en forma favorable– en un plazo corto. La mayoría de los tratamientos demanda entre ocho y quince sesiones, que se extienden entre diez y dieciocho semanas aproximadamente. La gran ventaja de la terapia cognitiva es la durabilidad de sus resultados: entre el 80% y el 90% de los pacientes continúan bien a los dos años de terminado el tratamiento, en marcado contraste con lo que ocurre con los psicofármacos. A pesar de su superioridad, la terapia cognitiva está menos difundida que la medicación, entre otras razones porque hay muchos menos terapeutas entrenados que médicos en condiciones de prescribir psicofármacos. Sin embargo, para la mayoría de los pacientes es el tratamiento de elección.
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