Carlitos, el Mudo, el Morocho del Abasto, el Troesma, o, con una sencillez quizá más conmovedora, el Zorzal... Para los argentinos (y muy especialmente para los porteños) la reputación de Carlos Gardel está más allá de todo cuestionamiento. Los cantores todavía lo cantan; las orquestas y pianistas lo tocan; el hombre de la calle lo tararea o lo silba.
Su lugar natal, el hospital de Saint Joseph de la Grace, como se lo denomina desde 1647, se yergue en la ribera oeste del ancho y ampuloso río de Toulouse, el Garona. Nació el 11 de diciembre de 1890. Alrededor de las dos de esa mañana recibió el nombre de Charles Romuald Gardes. El certificado de nacimiento declaraba que era hijo de “padre desconocido” y de Berthe Gardes, una planchadora de 25 años.
Su amante, el padre de Charles, era un hombre llamado Paul Lasserre, un empresario o quizá viajante que ya estaba casado.
Años más tarde, Berthe evocaría detalladamente el clima reprobatorio que la rodeó después del nacimiento de su hijo. La ilegitimidad comportaba un definitivo estigma social en la Francia de provincias, como en otras partes, y todo indica que la familia Gardes no fue muy comprensiva.
Berthe debió de entender rápidamente que Toulouse no era el sitio adecuado para que una madre soltera criara a su hijo, algo en lo cual estaba empeñada. Cuando Charles tuvo dos años, edad suficiente para viajar, Berthe, lo llevó a Bordeaux, donde abordaron el vapor portugués Dom Pedro con rumbo a Buenos Aires. El arribo fue debidamente asentado el sábado 11 de marzo de 1893 en un registro de inmigración.
Berthe pasó a ser Berta mientras que el nombre galo del hijo se convirtió rápidamente en Carlos.
Sea como fuere, en público Berta aún sostenía que era viuda. Al parecer contaba que el padre de Carlos había muerto cuando el niño tenía sólo dos años, es decir, antes de su viaje por el Atlántico. Lasserre visitó Buenos Aires después de la Primera Guerra Mundial, y le ofreció regularizar la situación mediante el matrimonio, que así legitimaría a Carlos. Evidentemente, Berta comentó el asunto con su hijo. “¿Vos lo necesitás?”, preguntó él. “Yo, no.” “Entonces, vieja, yo tampoco, de ninguna manera. Ni lo quiero ver.” Allí terminó ese asunto. Por otra parte, para entonces Carlos se había alterado el apellido transformándolo en el más hispano Gardel: su nombre castellanizado y su apellido ligeramente alterado ya se le habían vuelto mucho más reales que los nombres que habia recibido en Toulouse.
Los años de la vida de Carlos, desde que dejó la escuela en 1904 hasta que comenzó a destacarse como un promisorio cantante popular, son difíciles de reconstruir en detalle, El Carlos Gardel adolescente es una figura elusiva y algo borrosa. Su oscura vida y sus muy comunes ocupaciones en los barrios de Buenos Aires no se presentaban a ser documentadas.
A menudo se ha sugerido que la adolescencia de Carlos pudo haber tenido un aspecto más violento y delictivo. Lo que podemos llamar la leyenda de Gardel va mucho más allá. Lo enreda con el mundo del hampa, lo pone entre rejas, lo vuelve protagonista de escándalos en los burdeles de Montevideo.
La presunta delincuencia de Carlos parece pues un mito romántico vinculado con la actitud ambigua de tantas letras de tango ante los aspectos más sórdidos de la cultura suburbana “marginal” de la cual surgió el tango mismo.
Carlos era un cantante nato. Empezó desde muy joven.
Cierto barrio en particular llego a ocupar un sitio muy especial en el afecto del joven. Calle Corrientes arriba, a cierta distancia del inquilinato se hallaba el principal mercado de Buenos Aires, el Mercado del Abasto, centro del vecindario conocido como Abasto.
Pocos acontecimientos fueron tan importantes en la vida de Gardel como su encuentro con Jose Razzano a fines de 1911. Dos años más tarde, los dos hombres, habiéndose unido, iniciaron un rápido ascenso hacia la popularidad en los teatros de Buenos Aires. En el mundo del espectáculo rioplatense, el Dúo Gardel-Razzano fue uno de los grandes éxitos de la década del 10 y principios de los 20.
En 1918 se produjo un giro importante. Gardel comenzaba a llamar la atención más que su socio. Esto fue reforzado por un acontecimiento vital. En 1917-18 Gardel descubrió una nueva forma de canción popular argentina, muy alejada del repertorio criollo del dúo. Estos fueron los años en que Gardel y el tango argentino confluyeron al fin.
En diciembre de 1920 cumplió treinta años. Dos meses antes fue al consulado uruguayo de Buenos Aires y se registró como uruguayo, alegando que había nacido el 11 de diciembre de 1887 en la ciudad de Tacuarembó.
Quizá sea el momento de concentrarse un poco más en el hombre mismo. Gardel, con poco más de treinta años, vivía ahora relativamente cómodo con doña Berta en un departamento alquilado de la calle Rodríguez Peña 451. Después se trasladaron a la casa de Jean Jaures que Gardel compró en esta época. Doña Berta ya había dejado de trabajar, pues los ingresos de su hijo sobraban para mantenerla, y su estilo de vida siempre había sido muy sencillo. Gardel aún era soltero. En la época de sus actuaciones en el Esmeralda, en noviembre-diciembre de 1920, conoció a una atractiva joven, Isabel del Valle, de quien pronto se enamoró. Desde entonces Isabel fue su novia. La relación duró hasta entrada la década del 30. Se sabe relativamente poco sobre esta relación aunque sin deuda fue el romance más serio en la vida adulta de Gardel.
En 1925 la garganta de Razzano causaba más problemas que nunca. Razzano dijo que ya no podría cantar más. Lo cierto es que el famoso dúo estaba disuelto para siempre. Pero esto no constituyó el fin de la sociedad. Razzano sería su agente y recibiría parte de las ganancias; en realidad sería el representante de los intereses artísticos y financieros de Gardel en la Argentina.
En 1930 Gardel comenzaba a experimentar frustración e insatisfacción con su suerte. Las raíces de este malestar son difíciles de descubrir a esta altura. Hay razones para creer que el prolongado idilio de Gardel con Isabel comenzaba a decaer a fines de 1930. Lo más seguro es que Gardel estuviera afrontando pesadas deudas y que su posición financiera fuera menos próspera de lo que el público se imaginaba.
Al margen de este problema había una creciente tensión entre Gardel y su viejo amigo y agente, José Razzano. Al parecer era un administrador meticuloso, quizá demasiado meticuloso.
¿Qué le dio a Gardel su gran éxito como cantor?
La respuesta es obvia: su arte.
¿Cómo era en verdad Gardel?
En las cientos de fotografías de Gardel que se publicaron en vida del cantor, el rasgo más común es la célebre sonrisa.
Después de la muerte de Gardel, José Razzano realizó diversas declaraciones acerca del verdadero temperamento de su amigo. “... los que cultivamos su amistad, sabíamoslo retraído, absorto, en algunos instantes contemplativo, llevando siempre dentro algo así como una tristeza tortuosa, oscura.”
“A pesar de su firmeza de carácter para todo lo que importara un sacrificio y decisiones terminantes en lo concerniente a su arte, creo que no la tuvo para romper con situaciones violentas a las que estaba ligado, en principio por su lealtad”. El prolongado idilio de Gardel con Isabel era sin duda una de esas “situaciones violentas”. Quizás su tan durable relación de negocios con Razzano era otra.
Al margen de su encanto intrínseco, tenía un excelente sentido del humor y una inmensa generosidad.
Gardel se preocupaba por proteger su intimidad. Era reticente en cuestiones personales, excepto con sus amigos realmente íntimos. Esta reticencia era muy marcada en lo concerniente a su vida amorosa. Ningún aspecto de la personalidad ha suscitado tantas ni tan ociosas especulaciones. Es justo añadir que las relaciones de Gardel con el seco opuesto resultaban un tanto ambiguas para algunos de sus contemporáneos.
Los apegos humanos más fuertes de Gardel fueron su madre y su barra de amigos. Gardel pasó mucho tiempo con su madre. Tenía intenciones de llevarla con él a su retiro, aunque esto no sería posible.
No obstante, lo amigos, los copetines y los “burros” eran también muy importantes para Gardel.
El principio básico de su vida era muy simple: acostarse tarde y levantarse tarde. Parece obvio que Gardel sentía una fuerte predilección por la compañía masculina. La barra era una institución masculina, una prolongación de la pandilla adolescente en la vida adulta. Gardel parece haber necesitado mucho de la compañía ajena, aunque no sabemos cuantos de sus compañeros se podrían denominar amigos.
Llegó el martes 7 de noviembre de 1933. Durante la mañana, a insistencia de Delfino, su representante en ese momento, Gardel se sentó a escribir su testamento. Delfino le dijo que el documento era un lugar apropiado para declarar su nombre real. Gardel en efecto asentó que era “francés, nacido en Toulouse el día 11 de diciembre de 1890”, e “hijo de Berthe Gardes”. Perdonó todas sus deudas que se tuvieran con él, legó todas sus propiedades a su madre y designó a Delfino su único albacea.
El 24 de junio de 1935, Gardel fallece en un accidente aéreo en Medellín, Colombia.
Textos extraídos del libro: “Carlos Gardel” de Simon Collier, Ed. Plaza Janés.
Gardel: el mito, el hombre, el artista, el innovador
Por Sonia Abadi
Padre desconocido, origen incierto, cambió de nombre, años de juventud en los que se pierde su rastro, vida amorosa reservada y ambigua, ausencia de hijos, muerte trágica, los ingredientes del mito están presentes.
Y el perfil del hombre lleva también los trazos de su historia: el contrapunto entre arraigo y desarraigo. Por un lado la devoción del hijo único hacia la madre sola, los códigos de lealtad con la barra de hombres. Por el otro, el bohemio, cuyo bien más preciado es la libertad. Carlitos viaja, seduce, ríe, juega, gana y pierde con el mismo desapego.
Pero es también el profesional responsable que ensaya varias horas por día, hace dieta y practica deportes para mantenerse en línea. Pasión y disciplina, que son la marca del gran artista.
Intuitivo genial, que toca y compone “de oído”, es la voz del porteño, pero a la vez de un sentir existencial más allá de las fronteras. Intérprete de su realidad, que pone en palabras, en gestos, en actitudes, lo que otros oscuramente sienten, padecen o sueñan.
Su talento inmenso, su encanto personal y sus condiciones de líder hacen de él un innovador. Inspirado e inspirador, es a la vez hijo y padre de su gente. Tejedor de redes que enhebra los espacios y los tiempos: lo íntimo con el barrio y el mundo, el pasado con el presente y el futuro.
Carlos Gardel y el tango se engendran uno al otro. Son a la vez espejos de su mundo y agentes de su transformación, operando sobre los valores, los modelos de identificación, los códigos y el lenguaje de los argentinos. |