Categorizar conductas sexuales masculinas resulta tan posible como útil. Abarcar todos los tipos de hombre –o, mejor dicho, de las prácticas sexuales que realiza– o sistematizar ese conocimiento de una forma rigurosa es una tarea ardua, casi imposible, propia de un ámbito académico. Baste decir, a modo de introducción, que ningún hombre responde sólo a una de las tipologías que aquí serán descriptas. En cada ser humano existe un predominio de alguno de los tipos que se describen en estas páginas, pero al mismo tiempo ese tipo coexiste con tendencias alternativas. La tipificación que se incluye a continuación es, si se quiere, una simplificación de realidades complejas que constituyen la sexualidad de cada persona: una aproximación, tan posible como útil para comenzar a conocerlos.
Primer grupo: Heterosexuales monogámicos – El clásico de los clásicos – Más clásico que un Boca-River
En los integrantes de este grupo, las relaciones tienden a ser estables, y se disfruta de las relaciones sexuales.
El amor y el deseo sexual se depositan en la misma persona, lo que refuerza la estabilidad del vínculo.
Existe una maduración psicológica que permite: a) tolerancia a la frustración; b) capacidad para tener en cuenta el deseo del compañero, lo que posibilita una buena comunicación en la pareja y la enriquece.
Impera un ideal monogámico, que exige renunciar a mantener relaciones amorosas por fuera de la pareja. El pacto –explícito o no– exige fidelidad.
La pareja se vive como una experiencia privilegiada.
Los conflictos en las relaciones que establece este tipo de persona surgen:
1. al no reconocer los cambios que se producen en el otro a lo largo del tiempo –se fuerza a que el otro siempre piense igual, le gusten las mismas cosas, etc.;
2. por los intentos de posesión sobre el otro, consecuencia natural de la dependencia amorosa;
3. por las dificultades en el mantenimiento del deseo: los cambios no están permitidos y se coarta la libertad, con lo que el factor sorpresa desaparece.
Segundo grupo: Parejas narcisistas – Celos que matan – Mi pareja es mía, mía, mía
Se trata de hombres que se involucran en parejas fundadas en una dependencia, por lo general muy intensa. En estos casos el otro integrante de la pareja es tomado como algo necesario, que no se elige: se está condenado a. Llega un punto en el que no se está con el otro porque guste o produzca placer, sino porque se percibe que más allá del otro está el abismo.
El tipo de relación que establecen los hombres que responden a estos perfiles tiende a la rigidez. Los cambios son vividos como catastróficos, lo que lleva a la falta de creatividad.
El nivel de dependencia del otro determina: a) un control muy estricto de la pareja; b) no reconocimiento de la individualidad del otro.
Tercer grupo: Buscadores del nuevo encuentro – Los aventureros – Soy tu aventura
El sujeto de este grupo desarrolla múltiples experiencias, y aún así privilegia el deseo, el placer y la consideración por el otro: tiene en cuenta a su pareja, más allá de que tenga relaciones con otras personas.
Necesita mantener disociados el amor y el sexo, que confluyen sólo ocasionalmente, lo que motiva una búsqueda de nuevos partenaires sexuales.
Existen ideales sexuales que, cuando son compartidos, constituyen un contrato de libertad o tolerancia en la pareja.
En estos casos, la consideración por el otro no asegura su exclusividad: se permiten ciertas libertades, ya que el contacto sexual con alguien por fuera de la pareja no es considerado un compromiso emocional con ese otro.
Los conflictos en estos casos surgen porque:
1. el otro es potencialmente peligroso, debido a que en el otro se proyectan los aspectos agresivos que están en el propio hombre.
2. el otro está marcado por su insuficiencia: la pareja nunca llega a estar al nivel de lo esperado.
Cuarto grupo: Goce con el anónimo – Somos los piratas – Piratas del Caribe
Al igual que el grupo anterior, hay una sobrevaloración de la nueva experiencia sexual, pero aquí la diferencia es que al otro se lo toma como objeto: ya no interesa qué desea, sino sólo que sirve como medio para la satisfacción individual. Lo que cuenta es, ante todo, la liberación inmediata de tensión a través de la experiencia sexual.
Una de las principales características en las personas con este perfil es la inestabilidad en los vínculos que establecen.
Otro rasgo a destacar es la promiscuidad y la adicción sexual con partenaires sexuales múltiples, incluyendo el recurrir en forma habitual a la prostitución.
El pacto de fidelidad erótica no se constituye, o es habitualmente quebrantado.
Estas personas no pueden integrar el amor y el deseo sexual en una misma persona. Las dos corrientes van por separado. De esta manera, se producen una seguidilla de episodios sexuales efímeros donde se privilegia la descarga orgásmica por sobre la relación de placer que se pueda llegar a sentir con el otro.
Quinto grupo: Sexualidad grupal – Fiesteros – Que fantástica esta fiesta – La fiesta inolvidable
La persona que responde a este perfil se caracteriza por la importancia que le otorga a la sexualidad grupal, ya sea por intercambio de parejas, orgías u otras formas alternativas.
Se deja de lado la intimidad –característica de los encuentros sexuales entre dos personas– por el éxtasis grupal.
En dichos encuentros múltiples se suele generar la manifestación de conductas bisexuales, por lo general reprimidas fuera de dichos ámbitos.
Se realiza todo lo que se fantasea: el acento está puesto en la acción por sobre todas las cosas.
Las diferencias de sexo se anulan y la exclusión se evita.
Los conflictos suelen surgir cuando:
1. la intensidad de la trasgresión social es tal que produce marginalidad y, en algunos casos, la conformación de microgrupos que reivindican las prácticas en público;
2. dificultad de crear o mantener una pareja simultánea.
Sexto grupo: Perversos con transgresión a la ley de género – Cueros, tachas & co.
Este grupo incluye el fetichismo y el sado-masoquismo: todos ellos implican trastornos en la relación erótica con la sexualidad femenina.
En las personas que responden a este perfil, la femineidad es repudiada, y el acto sexual está condicionado a la presencia de un fetiche.
Debe aclararse que en este caso la situación es diferente a cuando en una relación sexual se utilizan ciertos fetiches (objetos sobrevalorados, a los que se les asigna un significado o valor sexual) como una forma de enriquecer la pareja y aumentar el deseo. En los integrantes de este grupo el fetiche es condición para que el acto sexual pueda ser llevado a cabo.
Las actuaciones sexuales pueden entenderse como momentos de locura donde la existencia del otro sexo se niega: se pierde el sentido de realidad.
Los hombres que responden a este grupo sexual poseen un desenfrenado deseo de ocupar todos los lugares de goce, satisfaciendo los diversos roles eróticos: la ilusión que se crea es que es posible abarcar todas las maneras de gozar y que se puede acceder a la perfección.
Séptimo grupo: Erotización de la destructividad – Pichones de Hanibal Lecter – Pegame y llamame Marta
En este grupo, el placer, el goce, y el orgasmo se logran a través del daño y el dolor físicos o psíquicos. El cuerpo se erotiza a través del dolor padecido o infligido, y los genitales pierden su primacía.
Existe una búsqueda de placer que deja su marca en el cuerpo propio o en el del partenaire.
El dolor o el daño se pueden ejercer tanto en el cuerpo como en el psiquismo propio (masoquismo) o del otro (sadismo). Además de sus expresiones directas, nunca faltan las relaciones de poder, dominio y control sobre el otro y su deseo, al que se busca anular, desubjetivizar y convertir en objeto inanimado.
El sádico y el masoquista establecen a veces pactos, por lo general implícitos, sumamente complejos: la existencia del pacto diferencia una pareja sadomasoquista de una relación victimario-víctima inocente (característica de la violación y/o de la tortura).
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