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Capitulo 1
¿Mi mamá me ama?

Capitulo 2
Cría Cuervos

Capitulo 3
Ojos vendados

 

 

 
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Capitulo 3
Ojos vendados

Por Diego Grillo Truba


No le va a doler –dice la enfermera.
Duele. La aguja atraviesa la piel, y primero cierro los ojos para luego observar el otro lado del cuarto. Deseo olvidar que me pinchan, que me sacan sangre, pero lo primero que veo es a Sonia, quien también tiene una enfermera a su lado, que le dice:
–No le va a doler.
El gesto de Sonia me llama la atención. A esta altura, nada debería hacerlo. Y eso me extraña aún más. No es dolor, lo que surca sus cejas cuando se fruncen. Las mujeres resisten más el padecer que los hombres, supongo que porque desde pequeñas las preparan para el martirio del parto. En cierto sentido, es como si la vida entera de las mujeres –de algunas mujeres, intento consolarme– apuntara a ese momento: todo lo que sucede antes va hacia allí, y todo lo que acontezca después tiene que ver con ello, como si se tratara del big bang en sus vidas. Antes de tener a los mellizos, por ejemplo, era ella la que insistía en que nos embarazáramos –lo decía así, parece que nuevas escuelas new age hablan de embarazos maritales, quizás para cobrarle honorarios a los dos miembros de la pareja–, mientras que después nuestros encuentros sexuales poco tenían de sexuales y nada de encuentros. Era como si yo me hubiese transformado en un mal necesario, y que el sexo formara parte de ese mismo flagelo.
–Mantenga el algodón contra el brazo cinco minutos –dice la enfermera.
Obedezco. Estoy atontado, no tengo otra alternativa que obedecer. Sonia, del otro lado de la habitación, me dedica su mirada. Me congela.
–Ahora con los resultados del adn se termina el asunto –digo.
–Ojalá –dice ella.
Una de las ventajas que tenemos al vivir en estas latitudes es que en el cine las películas habladas en otro idioma se estrenan con subtítulos. En otras partes optan por el doblaje, que no sólo resulta antiestético –escuchar a Al Pacino que dice coño o a Sean Penn mascalzone formarían parte del realismo mágico, aquí– sino que les hace tomar la vida de otra forma. Para ellos, lo que se dice es lo que es, nunca escuchan la otra versión. En cambio, nosotros sabemos que hay ocasiones en que se dice una cosa y se traduce otra, como por ejemplo que una película se llame en inglés The thingLa cosa– y aquí se transforme en El enigma de otro mundo. Y eso nos prepara para saber que, en muchas ocasiones, la vida tiene subtítulos. Invisibles, pero los tiene.
Sonia acaba de decir ojalá, y los subtítulos que flotan en el aire, los alcanzo a leer, dicen:
–Tomás se fue de casa porque dice que no es tu hijo. Si los análisis dieran mal... Si tengo que elegir entre él y vos, si tengo que elegir entre mi rol de madre y el de cónyuge –ni siquiera en los subtítulos imaginarios utiliza algo más digno como esposa–, no dudaría.
–Ya está, puede retirarse –dice la enfermera, sin subtítulos.
Me levanto. Sonia hace lo mismo. Caminamos en dirección a la puerta, y hay un instante en que llevo mi brazo hacia ella, trato de tomarla de la mano. Sonia la retira con firmeza.
De repente, me doy cuenta de que mi vida –mi vida tal como la viví hasta ahora– depende de lo que diga un análisis de sangre. Y el pinchazo que me dieron hace minutos vuelve a doler.

Mamá espera sentada. Delante de ella, una taza de té. La saludo con un beso breve, apoyo una mano en su espalda. Me acomodo en la silla que está frente a ella, en silencio.
Cuando me llamó dijo que tenía algo importante para decirme, y propuso que nos encontrásemos en el Museo Renault. Supongo que se trata de Tomás, de ver la forma en que puede ayudarme a solucionar este problema que arrecia contra mi familia. Sin embargo, su primera pregunta me descoloca:
–¿Los pacientes bien?
Lo dijo en un tono con el que otros podrían preguntar si el día está lindo, si uno fue a la cancha el último domingo, si tal restaurante es tan bueno como decían. No hay, en sus palabras, rastros de preocupación. Muevo la cabeza de arriba hacia abajo, y ella suspira.
–Vos sabés que desde que tu padre se fue estoy muy sola –dice.
Lo importante era esto, y no el hecho de que mi hijo reclama por vía judicial que yo no soy su padre. Desde el baño del local, El Ganador –mi paciente, el amante de mamá– se acerca con paso decidido. Al verme frente a ella se detiene, duda.
–¿Doctor? –pregunta.
–Ya le dije que soy licenciado –digo.
–¿Se conocen? –pregunta mamá, mientras toma de la mano a quien, en pocos minutos, definirá como el amor de mi vida.

Los pasillos de Tribunales me devoran. Hay abogados, alrededor. Clientes. Desesperados del más variado calibre. Camino entre ellos, y al hacerlo comprendo que si he llegado a este punto es porque, al menos en cierta forma, al menos temporalmente, pertenezco a este ámbito.
Entro en la recepción de un juzgado. Hay una multitud –en una superficie de cuatro metros cuadrados, cinco personas son una multitud– que intenta hablar con una chica de no más de veinticinco años, recién recibida supongo, trabaja ad honorem supongo. Trato de acercarme a ella. Un codo se incrusta en mi tórax, una mano se introduce en mi boca, un dedo me quita una lagaña del ojo derecho. Como puedo, digo mi nombre. En verdad, se trata de un conjunto de letras masticadas, empalagosas, que, milagro, la chica llega a escuchar y descifrar. Repite mi nombre, incrédula, y cuando asiento –apenas unos milímetros, las manos y codos y cabezas del resto no me permiten más– hace una seña para que pase.
Me conduce por un pasillo corto, plagado de hojas amarillentas. El testimonio de la ley, pienso antes de entrar en el despacho. Sonia sentada de un lado del escritorio, el juez del otro. Omar Lavoira, el abogado de mi hijo, de pie cerca de la ventana. Pese a las distancias, los tres tienen el mismo rostro severo. Problemas, adivino.
–Perdón por el retraso –digo.
Sonia lanza un quejido, como si mi tardanza formara parte de un complejo sistema actitudinal que me define como irresponsable. El juez –alrededor de sesenta años, alrededor de sesenta pelos en los alrededores de la nuca– se acomoda los anteojos, y lee las hojas que tiene en la mano.
–Entonces, mi querida, dado el análisis de sangre me queda muy en claro que usted es la madre del demandante, tal como él mismo decía.
–¿Viste que todo iba a salir bien? –digo; se trata de un patético esfuerzo por evitar la mala noticia que, lo sé por los rostros, aterrizará en pocos instantes.
–En cuanto a usted –me dice el juez, y carraspea–, el análisis indica con un 99,99% de certeza que podría ser el padre del demandante.
Suspiro con alivio.
–¿Vieron que todo esto era absurdo? –digo, y las palabras al salir de mi boca liberan el peso que me oprimía el pecho.
Sin embargo, al mirar a los tres, compruebo que la noticia no es buena.
–Supongo que no pretenderá que confirme que usted es el padre, con ese resultado –dice el juez.
–¿No me acaba de decir que está confirmado con un 99,99% de certeza?
–¿Ah, sí? ¿Y qué hago con ese 0,01% de duda? ¿Usted cree que voy a dormir tranquilo, si tomo una decisión semejante? El chico dice que usted no es el padre, el análisis no da una certeza absoluta, así que…
Así que estoy en el hall del Palacio de Tribunales. Omar Lavoira me palmea la espalda, me dice que no me lo tome como algo personal. Sonia se marcha, también. Me quedo solo, rodeado de desconocidos. A pocos metros, la estatua de una mujer con ojos vendados. Por un instante siento que me observa a través de esa tela de mármol.

Continuará...