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Narda Lepes

La argentinidad al plato

Creativa, práctica y curiosa, Narda Lepes es reconocida por su cocina experimental de múltiples sabores. Aquí nos cuenta por qué los argentinos comemos como comemos.

¿Con qué asociás la comida?
Con la vida, el placer, con el crecimiento, con pasarla bien y con compartir.

Sabemos de tu gusto, aparte de los sabores, por las imágenes y los sonidos. ¿Cómo se relacionan ambos placeres?
Creo que es una relación natural, a mí me gusta comer, me gusta el cine, la tele; me gusta la música, escucho música desde que tengo memoria.

¿Qué sentido y lugar pensás que tiene la comida en los argentinos?
Creo que nos gusta la comida y nos gusta la mesa, que disfrutamos del ritual.
Sin embargo, como hay tantos que viven solos, un poco se pierde el compartir la mesa y una fuente de comida, que es nuestro origen: comidas familiares en grandes fuentes. La experiencia del restaurante moderno es relativamente nueva. Nos gusta salir y por eso funciona.
Pero también, por suerte, el argentino disfruta mucho cocinando.

¿Cómo comemos?
Comemos mucho de lo mismo, repetimos mucho. Comemos distintos platos con los mismos ingredientes y creemos que variamos: pastel de carne, milanesas con puré, bife con ensaladas y papas fritas, siempre son los mismos ingredientes: harina y queso, carne y papa.

¿Qué prejuicios tendríamos que modificar?
Que “lo más sano es insulso”. Y dejar de hacer dietas sin sentido alguno.
Entender qué comemos y por qué.

Entonces, ¿hay poca variedad e ingenio en la cocina argentina?
No, creo que hay ingenio, pero que cuesta reconocer dónde está, no siempre lo más elegante y caro es lo más creativo o de calidad. Por ejemplo, hace poco comí un plato con langostinos, en uno de los lugares más caros y exclusivos de la ciudad, y el plato era rico, pero los langostinos estaban duros y gomosos. Esa misma semana fui a una cantina muy chiquita en San Telmo, y los langostinos estaban perfectos, de punto y calidad, costando menos de la mitad.
Hay que ser exigentes y coherentes, con la calidad y con el precio.

¿Cuáles son los sabores que buscan los argentinos hoy en día?
Los sabores mediterráneos son los más buscados, por historia. Junto con los básicos, los puros, como el asado, ensaladas, papas y pastas. Pero ya hay una búsqueda más profunda de sabores –que, en la mayoría de los casos, es moda; pero por algo se empieza–.

¿Qué nos produce curiosidad?
Cada uno sabe dónde le pica, creo que la tele ayuda a despertar curiosidad por ciertas cosas.
El bombardeo de información es tanto bueno como malo, lo importante es saber filtrarlo.

Hay quienes hacen un paralelismo entre la mesa y la cama, ¿cómo somos los argentinos a la hora de comer?
En Brasil, usan directamente la misma palabra. Cada uno sabrá si es un glotón, uno que se atora, un anoréxico o un goloso.

¿Qué plato nos definiría?
Sin duda, la carne.


El Código da Vinci
Por Octavio Fernández Mouján

Más allá de la ficción, de la acción dramática que puede envolvernos o de todo intento de hacer historia, esta película tiene una fuerza vital que no se deja atrapar. Es como la lucha entre “la letra” y su “espíritu” que siempre se libera, o también la lucha por la verdad como un objeto, texto, idea, y la verdad como camino que todos juntos vamos desentrañando. Están los “custodios” de las verdades absolutas que dan poder; están por otro lado los que viven, encarnan, comparten la verdad imposible de fijar en un “Santo Grial”, un código que la encierra, cualquier institución o teoría.
En la primera escena de la película, un fanático religioso persigue a un anciano hasta matarlo; luego sabemos que era uno de los custodios de una verdad secreta. En la segunda escena, un filólogo está presentando su libro sobre símbolos –justamente aquellos que encierran una pluralidad de significados–. En este caso, se trata nada menos que de los símbolos ocultados por Leonardo da Vinci en su famoso cuadro La última cena. Cuando Robert Langdon (el filólogo) está firmando autógrafos, un policía lo viene a buscar porque figuraba en la agenda del anciano asesinado. Allí se encuentra Sofía Neveu, criptóloga de la policía francesa que resulta ser la nieta del anciano y por lo tanto conoce muchos de sus “secretos”, que, de ser revelados, cuestionarían el poder de la Iglesia. Mientras, el experto en simbología recibe un llamado de Sofía avisándole que su vida corre peligro, porque ese policía lo quiere culpar del asesinato: un obispo “custodio de la fe” lo había denunciado falsamente para encubrir al fanático monje que él mismo había enviado para asesinar al anciano.
La película muestra a quienes buscan la verdad que se alberga en toda experiencia humana y a los que tratan la verdad como objeto de posesión y poder sobre los demás.
Se expresa así la lucha entre los que se creen dueños de la verdad y aquellos que creen que “la verdad no existe” como objeto identificable sino como búsqueda incesante en diálogo con todo lo existente. Los primeros temen a este espíritu de verdad que constantemente se manifiesta desde lo más profundo del amor humano. Decir que el “Santo Grial” (sangre-real) no existe, es como decir, con Nietzche, “la verdad no existe”: es como decir que el amor posesivo no es amor, o los ideales autoritarios no son tales, o que la realidad conciente o inconciente es un orden codificado que hay que descifrar para tener poder científico, religioso o político.
Que Leonardo da Vinci en su Última cena haya intentado transmitir que quien estaba sentado a la derecha de Jesús era María Magdalena, y que entre los dos se dibuja el símbolo de una “copa” –símbolo femenino que lleva el germen de la continuidad del mensaje cristiano de amor–, no es una información inquietante, es sólo una interpretación posible. Lo que sí nos tiene que interesar es el mensaje: “un amor capaz de dar la vida por sus amigos”; Jesús lo hizo. Se supone que María Magdalena (“la prostituta”) llevaba en su vientre el amor que ella compartía con Jesús. Se mezclan los hechos, la ficción y los símbolos, como también la letra con el espíritu de esa “letra” que, en este caso, es el mensaje cristiano del amor de Dios encarnado en los hombres y mujeres.
Cómo no va a entusiasmar a los oprimidos y desvalidos este mensaje de amor fraterno. Pone en cuestión el poder establecido, que se asusta por su enorme repercusión. La masiva respuesta hacia el cristianismo a mediados del siglo III, obligó a Constantino a convertir esa fuerza transformadora en ley. Todos son cristianos, por orden del emperador, que intenta institucionalizar lo imposible: el amor humano, eco del amor de Dios que Jesús y Magdalena simbolizan. Esto es lo descifrado en el cuadro de Leonardo. Que algún Evangelio de los llamados apócrifos lo fundamente, no es lo importante, solo diré que es posible pensarlo.
En esta película, los que matan son los que detentan el poder institucionalizado (el obispo, el policía, el fanático religioso) y los que creen que el poder secreto se transmite en código como la “búsqueda del tesoro”. Ellos suponen que “el tesoro” existe y que se puede matar en esa búsqueda, incluso traicionar al “compañero de ruta”.
Robert y Sofía son una pareja, cualquier pareja se autoprotege contra la peligrosidad del poder violento que no tolera el mensaje de libertad implícito en todo espíritu solidario, en la búsqueda de una vida más plena. Sin embargo, ese espíritu va dejando marcas simbólicas que nos dan libertad para interpretar y hacer historia en cada uno y en la historia común donde se anhela superarse con todos los demás.
El mensaje de amor del cristianismo se institucionalizó en la Iglesia, pero su espíritu sobrevivió a las Cruzadas, la Inquisición, la aniquilación de los templarios y toda miseria humana allí presente. Es como cuando superamos la “letra” de cualquier verdad por su espíritu que constantemente se escapa y sólo adviene en el diálogo fraterno de generación en generación aun dentro de las instituciones.
El código da Vinci es una gran metáfora donde conviven la historia, la ficción y la acción dramática, y plantea de manera simbólica un cristianismo que escandaliza a los que creen que la verdad o el amor son poseíbles, olvidando que sólo son valores de cuya fuerza transformadora participamos.
Las referencias concretas al Vaticano y al Opus Dei le quitan fuerza al mensaje. Pero si lo interpretamos como una totalidad, veremos que apunta a toda institución autoritaria de cualquier religión, teoría científica o ideología política. Aquí el nombre es irrelevante, no así los intentos fundamentalistas que cotidianamente sufrimos, aunque se disfracen de progresistas.
Como todo arte, el cine transmite hechos de nuestra cultura, que podemos interpretar desde dentro de la experiencia vivida (en este caso, el film) o como críticos observadores. La ciencia, en especial la física cuántica, nos ha enseñado que no podemos contentarnos con observar la realidad para conocerla: es necesario sentirse parte de esa experiencia que queremos interpretar, con el menor caudal de prejuicios. “El mayor obstáculo para el conocimiento es el conocimiento previo”, decía Gastón Bachelard.


Comunicación, política y campañas electorales
de Virginia García Beaudoux, Orlando D’Adamo, Gabriel Slavinsky
Gedisa, 2006, 286 páginas, $39.

Un estudio de las estrategias comunicacionales desde el punto de vista del marketing político como herramienta fundamental utilizada por los candidatos políticos. Analiza los discursos de los seis principales candidatos a presidente en las elecciones de 2003: Carlos Menem, Néstor Kirchner, Ricardo López Murphy, Adolfo Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Leopoldo Moreau, centrado en los efectos que los mensajes producen en los votantes. Acompañado por un CD que reúne los spots, afiches, discursos, la participación en programas televisivos y sus declaraciones en los medios masivos. Un libro minuciosamente analítico sobre el accionar comunicativo del mundo de la política y sus decisiones estratégicas para influir en el voto de los ciudadanos.