Dice Stendhal que Mademoiselle de Sommery, sorprendida por su amante en flagrante delito, le niega el hecho audazmente, y como el otro protesta, le dice: “¡Ah, bien veo que ya no me amas!; crees más en lo que ves que en lo que digo”.
¿Se puede creer en las mujeres? ¿Y qué decir acerca de los hombres? ¿Qué lugar tiene la palabra entre los amantes?
La infidelidad es una de las peripecias de la vida amorosa. La fantasía de un encuentro más afortunado, de un nuevo amor, algunas veces nutre las relaciones y hasta las posibilita. En algunas ocasiones, la infidelidad se produce ante un encuentro imprevisto que sorprende a los mismos protagonistas. Cada uno se ve cautivado, a su pesar, en una pasión que lo subyuga y atrapa.
En otras oportunidades, no se trata de algo casual, por fuera de lo cotidiano, sino que se presenta como un estilo de vida, reivindicado, exhibido, sostenido a lo largo del tiempo. Lo cierto es que sólo se puede hablar de la infidelidad en plural, en tanto convoca distintas historias de vida.
La vida amorosa es una sucesión de un único sueño. Cada sujeto tiene el suyo, el de la pareja que desearía encontrar, y al hacerlo, se sueña a sí mismo. A veces los sueños se cruzan y despiertan la pasión amorosa.
Aunque hombres y mujeres sean conducidos a ser infieles, o a soñarlo, por diversas razones, nada impide volver a encontrar siempre, a lo largo del tiempo, otro hombre y otra mujer en el mismo partenaire, y continuar así soñando una historia de amor inesperada.
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