Cuando el 25 de octubre de 1938 aparece en la playa La Perla, de Mar del Plata, el cuerpo de una mujer “vestida con ropas finas” –tal sería el testimonio de uno de los trabajadores que la encontró–, culmina una vida en que la depresión y la melancolía fueron instancias repetidas.
Su biografía es breve: nace en Suiza, en Sala Capriasca, en mayo de 1892, y busca la muerte cuando el cáncer amenaza su vida. Fuerte, luchadora, fue una de las mujeres clave del siglo xx para comprender las dificultades de ser ella misma en una sociedad fuertemente represiva; de todos modos, su suicidio se inscribe en la explicación durkheiniana de la sociedad anómica. Otros suicidios se producen por la misma época: Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Florencio Parravicini.
La vida de Alfonsina tuvo logros inéditos: junto con otras mujeres escritoras conforma una generación que bien podría llamarse la de “las modernas”, que rompen los prejuicios y por medio de la escritura se hacen un lugar de privilegio en las revistas literarias, en las editoriales y en las mesas de los banquetes, tan de moda por aquellos años. Victoria Ocampo, Delfina Bunge, Salvadora Medina Onrubia, Norah Lange y muchas otras consiguen lo que no pudieron ni siquiera imaginar sus antecesoras, y dejan abierto un camino para las que vendrán.
Para Alfonsina la vida no fue fácil: ya en San Juan, la provincia en la que creció, con una estratagema roba un libro codiciado en la juguetería del barrio. Luego vienen otros episodios: la angustia cuando debe leer una composición en un acto escolar, un robo de dinero que se le atribuye en su familia, las mentiras, las escapadas a las casas de sus compañeras de escuela. Y un episodio que se destaca porque anticipa el final: cuando en Coronda, mientras estudiaba el magisterio, se la acusa públicamente en un acto escolar en el que la adolescente protagoniza un número como cantante, de ser la misma muchacha que en lugares pecaminosos canta los fines de semana en la ciudad de Rosario. Alfonsina desaparece y todos la buscan en la oscuridad de la noche. Finalmente, aparece en las barrancas del río: su reacción es reírse y tomar el episodio como una broma.
La sombra del padre depresivo y probablemente psicótico oscurece sus años de infancia y adolescencia, y en un poema queda fijada la imagen de un hombre aislado, pero también de la desintegración del hogar. Años más tarde, recordará al padre en su poesía, en dos momentos diferentes. Uno, para fijar su imagen de hombre huraño y malo. Otra, para acercarse a él al filo ya de una muerte buscada. En el primero de ellos, recoge lo que ha oído contar:
De mi padre se cuenta que de caza partía
Que por días enteros, vagabundo y huraño,
No volvía a la casa, y como un ermitaño,
Se alimentaba de aves, dormía sobre el suelo.
Y sólo cuando el Zonda, grandes masas ardientes
De arena y de insectos levanta en los calientes
Desiertos sanjuaninos, cantaba bajo el cielo.
También asocia en otro poema al padre con su amigo Horacio Quiroga, cuando ella misma busca un final:
–¿Con Horacio? – Ya sé que en la vejiga
tienes ahora un nido de palomas
y tu motocicleta de cristales
vuela sin hacer ruido por el cielo.
–¿Papá? – He soñado que tu damajuana
está crecida como el Tupungato:
aún contiene tu cólera y mis versos.
Echa una gota. Gracias. Ya estoy buena.
Iré a veros muy pronto; recibidme
Con aquel sapo que maté en la quinta
De San Juan ¡pobre sapo! Y a pedradas.
De todos modos, antes de esto, Alfonsina pudo elegir su camino: aun en las circunstancias de una vida extremadamente modesta, signada por el trabajo de obrera en una fábrica de gorras o el de lavaplatos y camarera en el café que en Rosario tuvieron sus padres, el teatro le permite evadirse de la rutina que le estaba destinada. Y luego la maternidad, sin duda una elección –Alfonsina fue anarquista y luego socialista– y el viaje a Buenos Aires, donde si bien la vida no fue mejor, le permitió educar a su hijo, desempeñarse como periodista y publicar sus libros de poesía.
Muchos la recuerdan frágil, con lo que se calificaba como “crisis nerviosas”, buscando la paz en retiros en las sierras de Córdoba o en sus viajes primero a Mar del Plata y más tarde a Colonia, a la casa de su amiga y colega Fifi Kusrow. Tenía planeado matarse allí, pero el hecho de que hubiera otros invitados en la fecha elegida la desvió hacia Mar del Plata, ciudad que la convirtió en un emblema de la poesía y de la muerte romántica. |