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Las Adicciones y la Video-Cultura

Por: José Sahovaler

Las Adicciones y la Video-Cultura

Los niños se entretienen con la tele, la compu y los videojuegos. Sepamos que ocurre en la mente de un niño sobreexpuesto a los medios


En los últimos 50 años hemos asistido al nacimiento de una nueva forma de organización social: la video-cultura, que es efecto del impacto de los desarrollos tecnológicos –en especial de los medios masivos de comunicación, con particular influencia de la televisión y de las computadoras- sobre el conjunto de los medios de producción y sobre toda la trama social. Sabemos que cada estructura social conlleva formas específicas de organizar las relaciones entre los individuos, modos propios de regular las relaciones de producción y modalidades culturales propias que le dan sustento ideológico y que explican, justifican y, al mismo tiempo, cuestionan la realidad social surgida. Esta nueva era conlleva la aparición de un nuevo paradigma cultural: la video-cultura, que debe ser considerada como generadora de un nuevo tipo de realidad social.
Y si a realidades sociales nos referimos, incluso están variando las clases sociales, su relación con los medios de producción: el poder pertenece cada vez más al que domina la información y la comunicación. Si durante gran parte del capitalismo lo importante era tener ahora lo central es estar comunicado. Guy Debourd dice: La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social entrañó, en la definición de toda realización humana, una evidente degradación del ser en el tener. La actual etapa de colonización total de la vida social por los resultados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener al parecer… Creo que al parecer deberíamos agregar el percibir. Este es el mandato social: no dejes de percibir.
Ahora bien, en toda estructura social no sólo se dan modalidades propias para la generación y distribución de los bienes materiales sino que también se dan formas específicas para la producción de los niños. La manera de pensar a la infancia, de educar a los hijos y de creación de ideales durante la primera mitad del siglo XX es distinta a la que comienza a imperar en los albores del tercer milenio. Nos preguntamos, entonces: ¿son los niños de ahora iguales a los de hace un siglo atrás?
La madre de un niñito de tres años contaba angustiada el siguiente episodio: había salido con su hijo para ir a buscar al marido, y en el interín el niño se había parado en cuanto quiosko había reclamando una gaseosa, paquetes de figuritas y alguna golosina más. La mujer estaba acompañada por su prima que, aliándose con el chiquitín, insistía que le comprase algo para que el chico se tranquilizara, a lo que la madre terminó accediendo, aún cuando pensaba que era un error y que padecía un chantaje. Cuando, más tarde, la familia se reúne y deciden ir a cenar afuera, el pequeño hizo un berrinche porque quería ir a una casa de comidas rápidas. El matrimonio terminó peleando, acusándose mutuamente de no saber poner límites claros, de ser exageradamente duros o infinitamente blandos y, como corolario, todos cenaron en la casa, disgustados.
Desde el punto de vista profesional, sabemos que lo que el niño reclamaba no era ningún objeto material sino que estaba aprendiendo a ejercer el no y su pulsión de dominio, y que también logró que sus padres se pelearan. Pero, por otro lado, más allá de las interpretaciones psicológicas clásicas, no podemos dejar de señalar que la oferta de bienes comprables es tal que la demanda se hace irrefrenable, que la publicidad ya ha logrado su cometido y que el niño se ha transformado en un consumidor. Entonces,¿de donde surge este anhelo consumista que lo consume y nos consume y cuál es su relación con las adicciones?
Una primera respuesta podría ser que el anhelo consumista descrito es una manifestación de lo que entiendo por toxicidad de la cultura actual. Freud nos lo ha dicho claramente: “La vida nos trae dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes: los hay quizá de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que las reduzcan y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas”.La sociedad moderna ha mejorado estos calmantes, combinándolos a través de la video-cultura: hoy la oferta visual nos distrae con satisfacciones sustitutivas que nos producen adicción y nos embriagan.
Uno de los fenómenos más característicos de este fin de siglo, desde el punto de vista psicopatológico, es la toxicidad y las adicciones. No se trata de que nunca hayan existido sino que el efecto epidémico actual merece ser tenido en cuenta y estudiado. Dentro de estas patologías se incluyen las adicciones, la bulimia y la anorexia, el juego y el gasto compulsivo, y, tambien, los adictos al trabajo, al fitness, al sexo.
Es tanto y tan intenso el estímulo senso-perceptual al que estamos sometidos a través de los medios masivos de comunicación -música, TV, computadoras, carteles luminosos, pantallas y sonidos-, que es imposible no sentirse abrumado por una suerte de excitación difícil de procesar, de contener y que no da espacio para el despliegue del mundo pulsional, fantasmático y del pensamiento. Esta intoxicación mediática sirve de primer introductor para la aparición de comportamientos adictivos. ¿Es posible suponer que las drogas sean la continuación de una primoinfección adictiva mediatica? Desde ya, no estoy postulando una relación unívoca ni lineal entre las adicciones y la video-cultura, pero no podemos dejar de señalar que la epidemia adictiva comenzó pocos años después del surgimiento de la televisión.
Propongo la siguiente hipótesis: el efecto de la exposición sostenida alos medios masivos de comunicación genera un efecto preparatorio que puede convertir al receptor en un adicto indiscriminado a cualquier tipo de estímulos. La adolescencia es una época particularmente crítica donde el percibir intensamente se ofrece como garante ante el trastabillar de los pilares identificatorios básicos. Así, los jóvenes se ven confrontados en su identidad, teniendo que redefinir:
•su ubicación generacional, dado que luego de ser hijo, los jóvenes se encuentran con las posibilidades de ser padres o madres.
•la representación de su cuerpo que muta de una imagen infantil a la de un adulto.
•las definiciones vocacionales-laborales donde por primera vez se debe enfrentar a sus propias elecciones.
•la elección de pareja donde se enfrenta ante la cuestión de cómo obtener placer sexual..
Ante tanta incertidumbre y confusión, la televisión les brinda un punto de anclaje o, al menos, un espacio de refugio: al mirar televisión no pensamos y no sentimos. La TV cumple con la función de estimular el mundo percibido en detrimento del mundo del pensamiento. Frente al televisor, percepción y pensamiento se oponen.
Ahora bien, las drogas -cuya función es la de estimular el sistema senso-perceptual y generar pseudo-pensamientos (fumando marihuana, por ejemplo, se tiene la sensación de profundidad del pensamiento)- pueden ser pensadas bajo la misma lógica que la televisiva: otorgan un refugio y una certeza sensorial cuando no se sabe quién es uno, cuando la identidad se encuentra cuestionada y embota nuestros pensamientos.
La impronta televisiva permite que los jóvenes se identifiquen con el actor de turno, con la modelo de moda, creándose una falsa sensación de ser, cuando aún no saben quién es uno. Las drogas y demás adicciones trabajan en igual sentido y de la misma manera: estimulan la percepción sensorial separando al sujeto de su mundo interior. Las drogas operan con un imperativo categórico: no dejes de consumir. La video-cultura nos propone un imperativo categórico similar: no dejes de percibir. Del mismo modo como la relación de los jóvenes adictos está mediada por la droga, las relaciones sociales actuales están mediadas por un conjunto de imágenes más o menos atractivas que no podemos dejar de percibir y comentar.




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Comentarios
Enviado por: Candela Boletta // 24/10/2012 12:14:35
me sirvioo mucho :) graaciaas!

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