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Mi Hijo No Duerme

Por: Virginia Ungar

Mi Hijo No Duerme

"Debemos dejarlo llorar?" Es la pregunta más frecuente. Al tomar decisiones sobre el bienestar del niño muchas veces mezclamos nuestras angustias infantiles. Habrá que trabajar para poner límites necesarios para el niño y para nosotros.

Esta es una frase que frecuentemente pediatras y psicoanalistas de niños escuchamos de padres preocupados, ansiosos, cansados, ojerosos e irritados. Suele ir seguida de estas preguntas: ¿qué puede estar pasando?, ¿qué podemos hacer para solucionar el problema?
El llamado “trastorno del sueño” puede aparecer a cualquier edad, es más, cada crisis vital generalmente va acompañada ya sea de una dificultad en conciliar el sueño o del llamado insomnio de la mitad de la noche, en que la persona se despierta y no puede continuar durmiendo.
Pero el problema del sueño en la primera infancia es nuestro interés en este momento y trataremos de acercarnos desde un punto de vista psicoanalítico.
Los niños nacen, a diferencia de otros seres del mundo animal, en una relación de dependencia emocional y física de las personas que los cuidan, especialmente, en los primeros tiempos de la vida, de la madre. En este sentido, su desarrollo va a desplegarse en el seno de una relación de cercanía e intimidad con sus padres y la tarea que un niño tiene por delante es la de llegar a tener una noción del sí mismo y a la vez de él en su relación con las otras personas.
De esto se desprende que todos los bebés necesiten momentos de alejamiento de sus padres, para comenzar a crecer tanto física como emocionalmente.
Este delicado equilibrio entre la cercanía necesaria en el vínculo primario y la también necesaria posibilidad de tomar distancia, está en juego en el hecho de dormir en la primera infancia.
Cuando una madre pone en la cuna a su bebé, luego de haberlo alimentado y cambiado, este acto aparentemente tan simple, expone al bebé a separarse de la madre pero, a la vez, y esto no es menos importante, la expone a ella misma a separarse de su bebé.
La primera gran experiencia de separación ha sido el nacimiento, modelo de todas las ulteriores, tales como el destete, la deambulación, el control de esfínteres, la ida a la guardería o el jardín y así sucesivamente a lo largo de toda la vida.
Esta mención a los posibles sentimientos de la madre frente al dormir de su bebé, tiene como base la idea de que los llamados “trastornos del sueño”, ya sea en la primera infancia o posteriormente, raramente involucran al niño solo. Es por ello por lo que el problema debe abordarse considerando a la familia a la que el bebé ha llegado, las formas en que interactúan sus distintos componentes y sus propias historias infantiles.
En el dormir de un bebé intervienen complejos procesos neurofisiológicos que tendrán que ir adaptándose hasta encontrar un ritmo adecuado para cada etapa del desarrollo, y que son, de alguna manera, independientes del intento de control conciente por parte de los padres. En el mejor de los casos, el proceso sigue su curso, puede perturbarse por alguna situación como una enfermedad o algún cambio en el entorno, y una vez superado el inconveniente, se retoma el ritmo conseguido. Pero, si el proceso de entrar en ritmo no se consigue, digamos más allá del quinto mes de vida, el ajuste será muy difícil de obtener.
A partir de investigaciones en observación de bebés y sus familias, puede afirmarse que el rol de los padres es crucial en el sentido de sostener la adaptación biológica o, por el contrario, interferir en el proceso.
Cuando los padres de un niño que duerme poco o mal llegan a la consulta de un psicoanalista de niños, casi siempre han hecho otras consultas previas con pediatras, homeópatas, etcétera. Lo más difícil de aceptar para ellos al comienzo, es que no vamos a ofrecerles una “receta” o indicaciones que van a solucionar lo que hasta ahora no se ha logrado modificar. Un analista les va a ofrecer un espacio en el que van a ser escuchados y junto con el terapeuta van a tener la posibilidad de reflexionar acerca de la relación entre el problema del sueño del niño y la cualidad de las relaciones emocionales que circula en la familia. La idea más fuerte es que ayudar a los padres a pensar durante el día puede llevarlos a lograr manejar mejor el caos de la noche.
En este sentido, las propuestas conductistas, tales como la del libro Duérmete niño, si bien parecen haber dado resultados, al dar instrucciones y hasta programas muy estructurados, se contraponen al espíritu de considerar el problema de sueño como algo que involucra al niño y a sus padres, los cuales, a su vez, tienen sus propias historias infantiles con el tema.
En mi experiencia, incluso con pocos encuentros con el niño y sus padres, la posibilidad de hacerlos sentir escuchados y la de haber recibido ayuda para reflexionar acerca de lo que está pasando en la familia, puede darles un modelo para tratar de entender mejor al niño y a ellos mismos en esta circunstancia crítica.
La pregunta más frecuente: “¿Debemos dejarlo llorar?”, ya implica que no están para nada seguros de hacerlo, que se encuentran preocupados y desorientados, en un estado de infantil dependencia hacia un adulto que les indique qué hacer. Pero a la vez, el hecho de que estén presentes y haciendo estas preguntas nos muestra que son padres preocupados.
Lo que los psicoanalistas podemos hacer es ayudarlos a preguntarse aún más, y durante las consultas, a tomar contacto con el hecho de que la manera en que escuchan el llanto de su hijo en mitad de la noche está altamente influenciada por sus propias experiencias tempranas. Si el llanto del bebé hace surgir, por supuesto de manera inconsciente, sentimientos infantiles de desesperación en los padres que hacen que se identifiquen con el bebé, es comprensible que no puedan comportarse como adultos y padres competentes.
Se podría hasta pensar que la pregunta acerca de si dejar llorar al niño contiene, en un nivel para nada conciente, una especie de pedido de permiso para actuar sus propios impulsos hostiles y ambivalentes hacia el niño.
Desde el psicoanálisis, poder conocer la naturaleza de los propios impulsos y enfrentarse a ellos, poner palabras a las emociones despertadas por el llanto de su hijo, siempre en un contexto terapéutico, por breve que sea la experiencia, suele traer alivio a los padres y como consecuencia, la posibilidad de posicionarse en un rol más adulto.
Esta propuesta no determina que no se puede ayudar a los padres con medidas concretas, sino que ofrece, al contrario de las “recetas” conductistas, la posibilidad de pensar juntos algunas alternativas.
Por ejemplo, es muy frecuente que durante las entrevistas, al investigar cuidadosamente los horarios en que el bebé es alimentado, bañado y puesto a dormir, en conjunto con preguntas acerca de los lugares en que se pone el moisés o la cuna, los hábitos familiares en cuanto a ruidos, música, televisión, salidas, y seguidos de preguntas acerca del embarazo, parto y la historia familiar de cada uno de los padres, surjan datos que permitan ser pensados y generar cambios.
Es muy diferente dar un consejo acerca de, por ejemplo, disminuir los estímulos excitantes, que encontrarse a sí mismos, al relatar un día de la familia, tomando conciencia de que el bebé ha estado cambiando de lugar cinco veces en su cochecito y expuesto a distintos ámbitos con diferentes niveles de luz y ruido. El contacto con este relato hecho por los padres tendrá otro efecto que si aconsejamos armar un “escenario” como lo propone el libro que antes mencionamos.
En el mismo, se propone para chicos más grandes que ya caminan, poner un vallado en la habitación para impedir que salgan de su cuarto y aparezcan en el cuarto de los padres durante la noche. En este caso, pensar con los padres qué sentido tiene este hecho, qué relación con el momento que vive la familia, como por ejemplo la noción del niño acerca de la vida sexual de los padres y la posibilidad de que en la fantasía del niño el cuarto de ellos es una especie de fábrica constante de bebés y hay que impedir esta posibilidad a toda costa, cambia la perspectiva. No se trata de construir una cerca, habrá que trabajar sobre la posibilidad de poner los límites necesarios para los padres y para el niño, una suerte de vallado pero en la mente de ambos.

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ACERCA DE ESTE AUTOR
Virginia Ungar
Virginia Ungar
La Dra. Virginia Ungar es Médica Psicoanalista, especialista en Niños y Adolescentes. Miembro titular de la Adociación Psicoanalítica de Buenos Aires. Profesora del Instituto Universitario de Salud Mental (IUSAM) de APdeBA. Chair del Comité de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes (COCAP) de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
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