No es fácil recordar, o querer recordar, pero yo quería ser actriz, había hecho teatro en el Nacional de Morón, y estaba fascinada con el psicodrama, pensaba que si iba al psicólogo iba a poder actuar ante él y dramatizar mis “dramas”.
El primer paso era encontrar un analista que hiciera psicodrama, yo quería solamente a Eduardo Pavlovsky, lo admiraba, me parecía lo más, y dentro del abono de “Artes y Ciencias”, sólo él y Paco Ibáñez habían logrado conmoverme. En esos psicodramas públicos, mi timidez me impedía levantar la mano y participar, por eso en la búsqueda de un analista también estaba el factor económico. Eduardo era una estrella inalcanzable para mi bolsillo, además tenía que vivir cerca de mi casa porque soy muy impuntual y ellos demasiado puntuales. La cuestión es que, con la ayuda de mis amigos, comencé a investigar. En el fondo hasta el día de hoy no sé si quería analizarme o demostrarme que no existía el analista a mi medida, pero lo encontré, o creí encontrarlo.
Y como todo llega en la vida, también llegó el día de mi primera sesión. Él era un “masculino”, por lo tanto: “¿Qué me pongo?”, que no sea muy llamativo, ni muy provocativo, ni demasiado serio, ni demasiado ajustado, ¡qué dilema!, opté por una pollera kilt (¿se acuerdan?, eran de lana escocesa, tableadas, abiertas a un costado y con un gran alfiler de gancho), ese sería el “gancho” para que me tratara bien, que me quisiera y que, en definitiva, descubriera mis dotes actorales, una camisa blanca (el toque andrógino) y mocasines (look colegiala). “¿Podría seducirlo?”
Pero la historia fue diferente, mi analista era muy serio, no me dejó “actuar”, minimizó lo que yo planteaba como tragedias irreversibles, me escuchaba con paternal atención y me hacía cambiar todo lo que yo, en mi acelere, quería hacer.
En realidad no hubo diván, a mí me asustaba la idea de hablarle al cielorraso, por lo tanto pactamos sentarnos frente a frente; yo había leído muchos libros sobre el tema y esperaba encontrar frente a mí una cara de póquer. Sin embargo no fue así, me debe haber tocado el único psicoanalista que sonreía, sacudía la cabeza ante mis divagues, me pedía que creciera y no miraba el reloj. Nunca supe si mis sesiones eran de una hora, de cuarenta y cinco minutos o del tiempo que yo necesitaba para terminar mi historia del día, solo cuando yo terminaba de hablar me despedía con un beso en la frente hasta la próxima sesión. No fueron muchas, al cabo de dos meses me dijo que en realidad yo no necesitaba terapia, que sabía muy bien lo que quería y que tenía la energía suficiente para encauzar mi vida.
Yo buscaba un director de teatro, un representante, un cazador de talentos o algo parecido, y me encontré con un padre comprensivo que adivinó mis intenciones y logró que aprendiera a pensar.
Pasaron muchos, muchos años, varios, varios analistas, pero esa primera sesión no pude olvidarla.