quienes somos | contacto



 

Gerardo Rozín

Verónica Lozano

Eber Ludueña

Gabriela Acher

S. Wainraich

Pancho Ibañez

 

 

 

-

Mi primera vez en el diván
Gerardo Rozín

La propuesta de Inconciente Argentino disparó una investigación periodística familiar sobre las presuntas intenciones por las que el ya divorciado matrimonio conformado por mis padres decidió llevarme a lo de una psicóloga cuando yo sólo tenía cinco años. La versión oficial indica que aquello se debió a que debía ser preparado para una operación de “vegetaciones”, una cirugía menor que se practica en la nariz para mejorar la respiración del paciente. Consultada para este medio, mi madre me dijo: “Te explicaron que te ibas a encontrar con una luz grande, te contaron lo que iban a hacerte”, por lo que se produjo la única confirmada salida “de a tres” entre mis progenitores y yo. Dado que se habían separado cuando yo tenía alrededor de dos años, la salida en la cual fuimos a un quirófano a reconocer el área –por sugerencia de la terapeuta– podría tratarse de una de las pocas salidas del “trío” que conformaba la familia en la versión pre-ensambles. No tengo registro de aquella situación, mientras que del  primer encuentro con la psicóloga recuerdo: algunos juguetes tirados por el suelo, un escritorio, la puerta de un edificio y unas manchas dibujadas en unas tarjetas.

Sin embargo, más oscuro fue el resultado no deseado que provocó la investigación. Mi madre refirió a un segundo encuentro producido poco después y realizó una fuerte denuncia contra mí: “Fuimos porque en la casa de tu papá vos decías que yo hablaba mal de él, y en casa aprovechabas para decir que tu papá decía cosas sobre mí”.

¿Hacía falta que aprovechara el primer micrófono que se le cruzara para disparar de ese modo? ¿Tendrá pruebas? ¿Y si todo resultara un búmeran en su contra? ¿Si por ejemplo yo sólo recordara ahora que efectivamente yo decía que mi madre criticaba a mi padre, pero que no recuerdo nunca haber dicho lo opuesto ni, mucho menos, lo contrario? ¿Aquello que yo decía, a los seis, a los siete, e incluso a los ocho, era infundado? ¿Fui otro manipulador hijo de padres separados o acaso por esos días nacía en mí el deseo de relatar siempre lo que veía, razón por la que luego decidí ser periodista? Muchas preguntas sin respuesta, y algunas certezas que no devienen de esas preguntas: las historias de amor verdadero y dolor puro asumen formas extrañas, aparecen a veces como miedo a una operación de nariz, otras como chistes, y hasta pueden encontrarse bajo falsas investigaciones periodísticas.

Consultada finalmente sobre los hechos ocurridos en aquella primera sesión que originó esta nota,  mi madre –judía– aportó poco más.
–¿Te acordás –le pregunté– qué dijo la psicóloga cuando terminó la sesión?
–Claro –afirmó mi madre–: dijo que eras un genio, que nunca había visto un chico tan inteligente.



.