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Astor Piazzolla

Alfonsina Storni

Carlos Gardel

Jorge Luis Borges

 

 

 

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Astor Piazzolla
(1921-1992)


Por Silvia Miguens


 

 

 

 

 

 

 

 

Astor Pantaleón Piazzolla, único hijo del matrimonio de Asunta Manetti con Vicente Piazzolla (Nonino), nació el 11 de marzo de 1921, en Mar del Plata; a sus cuatro años la familia se mudó a Nueva York y en 1930, a causa de la crisis, volvieron a ‘La Feliz’. Astor se sintió diferente hasta en la ropa; además la crisis en Argentina no era menor. Regresaron pronto al país del Norte donde Nonino todas las noches escuchaba tangos. Pero Astor amaba el jazz, música que escuchaba en la calle y en la escuela, donde su indisciplina causaba no pocos problemas. Cuando cumplió 8 años, Nonino le compró un bandoneón usado. “Lo trajo envuelto en una caja –recordaba Astor– y yo me alegré: creía que eran los patines que le había pedido tantas veces…” El bandoneón quedó en su caja hasta que Astor fue conminado a estudiar con Andrés D’Áquila, amigo de su padre. También tomó clases con el pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Rachmaninof, “Wilda tenía un piano de cola. Ni mis padres ni él tenían mucho dinero. Empecé a tomar clases con el maestro gracias a que mi mamá le hacía el servicio de manicura gratis y dos veces por semana le mandaba una enorme fuente de pastas”.

Cuando supo que Gardel estaba en Nueva York, Nonino hacía una talla en madera y decidió enviársela de regalo con Astor. Después de agradecer, Gardel lo escuchó tocar el bandoneón y riendo le advirtió: “Tocás el tango como un gallego”. Pese al humor del Zorzal, los Piazzolla establecieron una buena amistad. Doña Asunta le cocinaba platos típicos y Gardel llevaba a Astor de traductor. Lo hizo participar en la película Tango Bar, encarnando a un canillita. Cuando preparaba su viaje a Colombia, propuso que Astor formara parte del grupo, pero no obtuvo permiso de viaje por ser menor. Carlos Gardel desistió del capricho y se lanzó en esa gira tan triunfal como última. Astor experimentó un extraño sinsabor cuando supo del accidente del avión en Medellín.

Por esos tiempos Astor no solo se compenetraba en el jazz y el tango, sino también en las escaramuzas juveniles, de tanto hacer de juez y parte en las pandillas de Nueva York. Lo echaron de varios colegios; para colmo de males como tenía una pierna más corta fue operado y se le colocó un pied-bot. Don Vicente le aconsejaba no amedrentarse y reaccionar ante las burlas. Astor reconocía que su madre era más cariñosa y su padre, estricto, pero que ambos lo mimaban en compensación por su incapacidad, y fue Nonino quien nunca dejó de estimularlo en su mayor talento: la música. “Nací en Mar del Plata, me crié en Nueva York, encontré mi camino en París, pero cada vez que subo a un escenario la gente sabe que voy a tocar música de Buenos Aires.”

En 1936, los Piazzolla volvieron a la Argentina donde Astor seguía viéndose distinto. Cuando escuchó el sexteto de Elvino Vardaro, que con los años fue su violinista, supo que en el tango como en la vida son muchas las maneras de expresarse. En 1938, ya en Buenos Aires, tocó en distintos grupos hasta que llegó a la orquesta de Aníbal Troilo, ‘Pichuco’. Decidió, además, tomar clases con Alberto Ginastera, otro soberbio músico y trasgresor. Corría el año 1941 y sus primeros arreglos musicales resultaron tan osados que Pichuco tenía que atenuarlos para no espantar a los milongueros.

En 1942, conoce a Dedé Wolf, hermana de uno de sus músicos. Se casaron y de la unión nacieron dos hijos, Diana y Daniel. Cuando Diana nació, Astor ‘la celebró’ con una suite para cuerdas y arpa. En 1944, dejó la orquesta de Troilo para dirigir otra en la que cantaba Francisco Fiorentino. No tardaron en llegar las críticas de los tangueros tradicionales. En 1949, se apartó del bandoneón, y del tango. Se sentía más cerca de Bartok y de Stravinsky y no podía evitar el jazz. A los 28 años decidió dedicarse sólo a estudiar y componer. Sin embargo, no tardó mucho en volver al tango. Ganó el concurso Fabien Sevitzky con Buenos Aires, tres movimientos sinfónicos, que la Sinfónica de Radio del Estado interpretó en la Facultad de Derecho entre insultos y gritos, no solo a causa del estilo, sino por incluir dos bandoneones. Pero, como bien se sabe, el que no logra ser profeta en su tierra muy pronto lo es en rodeo ajeno y, casi al mismo tiempo, ganó una beca para estudiar en Francia con Nadia Boulanger. Ya en París, algo incómodo por su pasado musical, interpretó Triunfal, un tango compuesto por él. Nadia lo alentó a no abandonar esa música, su identidad. Astor hizo escuela como compositor pero también como intérprete: “… sentí la necesidad de buscar otra posición. Me paré, clavé la pierna izquierda en el piso y acomodé el instrumento sobre la derecha. Desde entonces toco con mis tripas sobre el fuelle; si hasta creo que bailamos juntos, el bandoneón y yo”.

Cuando él y Dedé se separaron, le sobrevino una etapa de desencanto y desorden hasta que conoció a Amelita Baltar con quien vivió un gran amor, inagotables giras y los primeros éxitos populares. Sin embargo, ese amor loco que deambulaba por las callecitas de Buenos Aires y del mundo, también se acabó. En 1988, tuvo un infarto y apenas recuperado de cuatro by-pass volvió a las giras. El 4 de agosto de 1990, en París, sufrió una trombosis cerebral. Finalmente fue trasladado a Buenos Aires, donde después de pelear con la enfermedad durante dos silenciosos años, murió el 4 de julio de 1992, rodeado por sus hijos y por Laura Escalada, su esposa desde el año 1976.

Astor Piazzolla abandonó la pelea y fue dejando su obra musical pero, por sobre todas las cosas, nos legó su pasión, su terquedad para enfrentar el trabajo creador y la crítica. Es que su andar desparejo lo hizo ir por la vida enfrentándose a todo; a golpes de puño y música siguió al pie de la letra los consejos paternos: nunca se amedrentó. Cuando su padre murió, Astor lo lloró larga e intensamente dedicándole su mejor tema: Adiós Nonino; con esa bella música, familiares y amigos le ofrecieron el último adiós, despedida que tampoco aceptó porque aún nos impone, felizmente y para siempre, el capricho de su música ciudadana.

Texto completo en Revista Inconciente Argentino